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Mensaje por blackfoot el Mar 19 Dic 2017 - 16:49

salakov escribió:
blackfoot escribió:


¡Qué bueno!

Le copió Orwell para 1984

Y este además es mucho mejor

A mí personalmente "1984" y "rebelión en la Granja" les veo algo sobrevalorados
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Re: ¿Que estáis leyendo ahora?

Mensaje por Balachina el Mar 19 Dic 2017 - 22:28

blackfoot escribió:
salakov escribió:
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¡Qué bueno!

Le copió Orwell para 1984

Y este además es mucho mejor

A mí personalmente  "1984" y "rebelión en la Granja" les veo algo sobrevalorados

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Re: ¿Que estáis leyendo ahora?

Mensaje por Bokor el Miér 20 Dic 2017 - 6:42

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Re: ¿Que estáis leyendo ahora?

Mensaje por salakov el Miér 20 Dic 2017 - 8:47

blackfoot escribió:
salakov escribió:
blackfoot escribió:


¡Qué bueno!

Le copió Orwell para 1984

Y este además es mucho mejor

A mí personalmente  "1984" y "rebelión en la Granja" les veo algo sobrevalorados


Huxley también le plagió para "Un mundo feliz".

Pero su chovinismo le impidió reconocerlo...
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Re: ¿Que estáis leyendo ahora?

Mensaje por Blas el Miér 20 Dic 2017 - 9:15

blackfoot escribió:
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¡Qué bueno!

Le copió Orwell para 1984

Y este además es mucho mejor

A mí personalmente  "1984" y "rebelión en la Granja" les veo algo sobrevalorados

Justo lo acabe de leer hace horas. Algo durillo como la mayoría de los libros rusos que he leído.

La palabra plagio suena muy fea. Yo lo veo diferente a "1984" y sobre todo a "Un mundo feliz", una curiosa critica al comunismo antes de que este mostrase su lado mas duro. Los lideres aquí están igual de sometidos al sistema que el resto.

Me ha gustado pero mas por sus ideas que por su contenido.

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Re: ¿Que estáis leyendo ahora?

Mensaje por salakov el Miér 20 Dic 2017 - 10:46

Sí, como novela y como prosa tampoco es la panacea... pero la idea que desarrolla y el mundo que construye es magnífico.

______________

«En el mundo antiguo, los únicos que lo entendieron fueron los cristianos, nuestros únicos predecesores (aunque muy imperfectos). Sabían que la humildad es una virtud y que el orgullo es un vicio, que el Nosotros proviene de Dios y que el yo proviene del Diablo.
A aquellos dos habitantes del paraíso se les planteó la alternativa siguiente: o la felicidad sin libertad o la libertad sin felicidad. No se les dio otra elección. Y aquellos mentecatos eligieron la libertad, como era de esperar. A esto se resume toda la miseria de la humanidad.»

—Nosotros, de Zamiatin—

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Mensaje por Axlferrari el Miér 20 Dic 2017 - 18:45



La bolsa de agua caliente

Cada invierno reaparece en el país la bolsa de agua caliente para la cama, cuando la creíamos ya extinguida para siempre, desinflada y lacia. La bolsa de goma para el agua caliente es como un monstruo pequeño e invernal que dormita durante todo el verano y, cuando nos habíamos olvidado definitivamente de su existencia, reaparece en invierno, con los primeros fríos, más gordo que nunca, hinchado de agua y de calor.

La bolsa de agua caliente tiene algo de cetáceo o de pulpo sin brazos, una cosa de monstruo marino cuyo calor le hace aún más indeseable. Es como una tortuga sin carapazón o como un inmenso mejillón caliente y palpitante. Sólo un país de grandes solterías y de grandes castidades, como España, ha podido inventar la bolsa de agua caliente, que viene a sustituir en el lecho toda posible compañía invernal y matrimonial. "Contra lujuria, castidad", dice la réplica de los siete pecados capitales. Contra lujuria, castidad y bolsa de agua caliente, sería la respuesta exacta. Pero la bolsa del agua caliente para la cama no sólo es un recurso contra la soltería, sino que, a nuestro juicio, es un fetiche que crea solteros y solteras.

Lo que hace que haya tantas señoritas solteras y solteronas en el país es la bolsa de agua caliente. A la señorita más agraciada y más vocada al matrimonio, le mete su mamá en la cama una bolsa de agua caliente para los pies, en invierno, y sanseacabó. Ya tenemos soltera para toda la vida. La que se acostumbra a la bolsa de agua caliente, ya no la quiere cambiar por nada, y teme tener que compartirla con un hombre, con un desconocido. Teme, incluso, que el marido le prohíba llevar bolsa de agua caliente a la cama, pues ya se sabe que los maridos españoles lo prohíben casi todo y pueden sentir celos incluso de una bolsa de agua caliente, que compone, con el hombre y la mujer, un extraño triángulo sentimental.

Otro tanto les pasa a los hombres, a esos solterones de toda la vida, y cuando alguien, hombre o mujer, se aficiona en su juventud a la bolsa de agua caliente, ya podemos dar por supuesto que no se va a casar jamás. Porque la bolsa de agua caliente, ese pequeño monstruo rojo e hinchado, es un Otelo invernal que se posesiona de la bella friolera y no quiere compartirla con nadie. Durante el sueño, en la intimidad de la cama, le comunica a la usuaria oscuros sueños de castidad.

Así es como ellas se quedan solteras para toda la vida. España es el país que más cosas ha inventado contra las efusiones del corazón y las liberalidades de la carne. Pero más que todas las morales y toda la retórica de la austeridad, más que el Kempis ha podido siempre la bolsa de agua caliente, que es el argumento definitivo contra el matrimonio y contra el amor en general. Los europeos, que son más imaginativos y refinados, han inventado la muñeca de goma, de dimensiones naturales, que es réplica de Brigitte Bardot o de Jane Fonda, y que también se llena de agua templada a la temperatura del cuerpo humano. Pero nosotros nos hemos quedado en la bolsa de goma rojiza, en ese cetáceo color ladrillo que se posesiona del alma de las doncellas en un extraño idilio de la bella y la bestia. La castidad de muchas damas viene reforzada, tanto como por la honra familiar, tanto como por Calderón de la Barca y el director espiritual, por la bolsa de agua caliente, que es un argumento que ellas no dan nunca, pero que está en el fondo de todas sus resistencias.

El frío de los inviernos de la vida, que pone hielo en el corazón y soledad en la carne, lo seguimos combatiendo en España a estas alturas, aunque parezca mentira, con la bolsa de agua caliente, y si somos una reserva moral de Europa, ello se debe en buena medida a que la bolsa de agua caliente nos ha evitado buscar otros remedios menos castos y ortodoxos para la crudeza de nuestros eneros.

Claro que siempre hay un moralista que va más allá en este pueblo de moralistas, y así, un día surgió el asceta al que la bolsa de agua caliente le pareció una cosa blanda, tibia y sensual. Había que inventar algo más austero. Y se inventó el ladrillo caliente, ese ladrillo que se pone a calentar al fuego, se envuelve en una bayeta y se mete en la cama para caldear los pies. Con el ladrillo sí que no caben concupiscencias, diálogos secretos ni historias.

La castidad nacional siempre tiene un más allá, de modo que la gente de bolsa caliente es una especie de familia sátrapa y licenciosa para la gente de ladrillo. Las jovencitas preocupadas de su castidad todavía están en la bolsa de goma, pero la gente madura, que conoce mejor los peligros de la carne y sus mil traiciones, ha optado por el ladrillo, que ofrece más seguridades y asperezas. A los del ladrillo les parece que eso de la bolsa es una cosa de ateos concupiscentes, de izquierdistas sin temor de Dios. El celibato es una larga tarea y después de la bolsa de goma viene el ladrillo, como en el yoga y en el zen hay sucesivos grados hasta llegar a la abstención y la perfección absolutas. Otros recursos ingeniados por la honestidad nacional han sido, a través del tiempo, el darle una pasada al brasero por la cama, antes de acostarse, o el pasar la plancha por las sábanas, que se suelen poner amarillas de plancharlas sin lavar. También está la botella de agua caliente, con el peligro de que suele abrirse. Pero las botellas no están exentas de sospechas - entre otras cosas por ese peligro de que se abran y mojen la cama -, y los legitimistas de la austeridad hispánica se pronuncian decididamente por la bolsa o el ladrillo. A una vieja señora de mi familia, que murió virgen, le pusimos entre las manos, ya de cuerpo presente, su bolsa de agua caliente, para que subiera con ella al cielo, pues había sido el instrumento de su salvación. Tanto como el cilicio que usaba, o más.


Francisco Umbral, Museo nacional del mal gusto, 1976.
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Re: ¿Que estáis leyendo ahora?

Mensaje por blackfoot el Miér 20 Dic 2017 - 19:20

Blas escribió:
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¡Qué bueno!

Le copió Orwell para 1984

Y este además es mucho mejor

A mí personalmente  "1984" y "rebelión en la Granja" les veo algo sobrevalorados

Justo lo acabe de leer hace horas. Algo durillo como la mayoría de los libros rusos que he leído.

La palabra plagio suena muy fea. Yo lo veo diferente a "1984" y sobre todo a "Un mundo feliz", una curiosa critica al comunismo antes de que este mostrase su lado mas duro. Los lideres aquí están igual de sometidos al sistema que el resto.

Me ha gustado pero mas por sus ideas que por su contenido.

La verdad es que sí , como libro narrativo es bastante arisco y díficil
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Re: ¿Que estáis leyendo ahora?

Mensaje por Axlferrari el Jue 21 Dic 2017 - 6:53


  • En la película THX 1138 se dan varias coincidencias con la novela Nosotros. En ambas historias los individuos llevan la cabeza rapada, visten de uniforme, se denominan con letras seguidas de números y la ciudad está aislada del exterior, en la película por encontrarse bajo tierra y en la novela gracias al Muro Verde. Es muy probable que George Lucas se inspirase en la novela de Zamiatin publicada en 1920 que también recrea una sociedad totalitaria.


https://es.wikipedia.org/wiki/THX_1138


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Re: ¿Que estáis leyendo ahora?

Mensaje por Axlferrari el Jue 21 Dic 2017 - 11:12

Dejo aquí otros tres de los 53 artículos que componen el Museo nacional del mal gusto, una de las joyas de Paco Umbral :

Las enciclopedias:


Abundan mucho en nuestro tiempo esas enciclopedias sabelotodo que se le venden por tomos y a plazos al pobre hombre, al empleado, al profesional modesto o al nuevo rico. A todo el que quiere hacerse culto en un día, tener en su casa, por cuatro perras y en poco espacio, todo lo que se ha dicho, escrito, pensado, inventado y creado a lo largo de treinta siglos de civilización occidental y cincuenta de civilización oriental.

Decía Juan Ramón Jiménez : "Por su gusto y el mío, tengo en mi casa encerrada a la Belleza." Pues bien, estos nuevos ricos de la cultura creen tener encerrada en su casa a la ciencia, a la literatura, a la belleza toda, creada por el hombre y la Naturaleza, sólo porque se han suscrito a una colección de enciclopedias sabelotodo y han firmado una serie de letras. Es gente que compra la enciclopedia como compra la lavadora o el frigorífico. Cuando se notan la cabeza sucia de tópicos, rutina, vulgaridad, aburrimiento o ignorancia, la meten en la lavadora de un tomazo enciclopédico, y allí se enteran de cuántos metros de altura tiene el Himalaya, de quién fue la suegra de Lope de Vega o de cómo se puede sacar un corcho de una botella sin deteriorar la botella ni el corcho. Piensan que la ciencia y la cultura están hibernadas en su enciclopedia como las anchoas en el frigorífico y que cuando haga falta, cuando llegue una visita, podrán abrir una lata de anchoas y abrir un tomo de la enciclopedia para servir al matrimonio amigo unos canapés de filosofía hindú, física newtoniana, lírica anglosajona y atletismo griego.

Theodor W. Adorno denuncia en uno de sus ensayos la sustitución de cultura por formación. El concepto de cultura es puro, gratuito, humanístico. El concepto de formación es práctico, pragmático, utilitario, interesado. Se tiene una cultura para ser un hombre. Se tiene una formación para ser un ejecutivo.

Ya casi nadie, en nuestro tiempo, se preocupa por tener cultura, pero todo el mundo, o al menos más gente que nunca, se preocupa mucho por tener una formación, pues con una buena formación general puede usted responder correctamente a todas las preguntas del test y obtener la plaza de vendedor de aspiradoras a domicilio. El concepto de formación es una prostitución del concepto de cultura, y a él responde esta moda actual de las enciclopedias, que no sirven para nada porque lo traen todo compendiado, y si algo se resiste a la cultura es al compendio. ¿ Cómo compendiar a Shakespeare ? Lo que hay que hacer es no leerle de prisa y compendiado, sino despacio y volviendo sobre cada metáfora. ¿ Cómo compendiar el Quijote ? En el colegio, de pequeños, nos daban a leer un Quijote compendiado que a punto estuvo de hacernos odiar el hermoso libro para siempre. El compendio es un crimen de lesa cultura.

Anda por ahí un libro de éxito, El shock del futuro, donde se nos explica que el avance del mundo es tan vertiginoso, en este tiempo, que todo cuanto hacemos va quedando rebasado inmediatamente, incluido el propio libro que comentamos. Pues bien, el único recurso que se ha inventado contra esta velocidad de la Historia es el resumen, el compendio, la enciclopedia ilustrada. Como cada vez hay que saber más cosas, vamos a saberlas cada vez peor para estar al día. Pero Quevedo y Larra tenían muy pocos libros en sus bibliotecas, porque de lo que trataban era de saber bien, profundamente, unas cuantas cosas. Eso de "estar al día" es uno de los grandes mitos periodísticos de nuestro tiempo, un fraude, un timo, porque lo que hay que hacer es estar al siglo, no al día, tener una visión general y serena de la Historia, no una noticia esquemática y falsa de la última hora. Lo mejor, contra la aceleración de los tiempos, es saber cada vez menos cosas y saberlas más, quedarse con lo que a uno realmente le importa y ahondar en ello, aunque luego, en una conversación de sociedad, no seamos capaces de distinguir a Ingrid Bergman de Ingmar Bergman.

Seguramente nos quedaremos sin el empleo de vendedor de aspiradoras, pero esto nos permitirá dedicarnos a algo más hermoso en la vida. El hombre de éxito, hoy por hoy, tiene la mala conciencia de estar sin base, sin raíces, sin arraigo, y entonces cimenta su ignorancia con gruesos tomos enciclopédicos que no lee, llenos de fichas escuetas y superficiales. Es un barco a la deriva que quiere anclar en las profundidades echando un ancla lastrada de grandes volúmenes, como las piedras que echan los marineros al fondo del mar.

Nuestro hombre apresurado y unidimensional se siente flotante, perdido en la corriente rápida de las ideas y de la vida, tiene el presentimiento oscuro de que su formación es un arma de combate, pero no un poso de cultura, un sedimento, algo que le dé equilibrio a su alma. Y el vacío que lleva dentro lo llena con una enciclopedia ilustrada, lo va empedrando de tomos a plazos encuadernados en piel y con láminas a todo color. El peso de esos tomos le compensa un poco y trata de llenar un vacío espiritual con un armatoste de papel.

La elefantiasis de esos tomos enciclopédicos, que son cada vez más gordos, denota una enfermedad de la cultura, "un malestar en la cultura", que diría Freud, y nos hace amar más que nunca los libritos delgados, líricos, luminosos o sorprendentes. Porque el Discurso del método o Las iluminaciones de Rimbaud son libros así. El empleado enciclopédico, emparedado de tomos gordos en su hogar con televisiones y otros electrodomésticos que hablan o no hablan, que lavan o no lavan, nunca sabrá (la sociedad capitalista no le deja saberlo) que el enciclopedismo histórico tiene ya mala prensa cultural, pero este nuevo enciclopedismo a plazos, el de las enciclopedias ilustradas, no es un Enciclopedismo ni es una Ilustración. Es ir por un carro de fruta y traerse sólo el carro, sin la fruta.

Francisco Umbral, Museo nacional del mal gusto, 1976




Los regalos:


Usted se habrá preguntado alguna vez por qué todos los regalos que le hacen son de mal gusto. Efectivamente, las gentes nos pasamos la vida regalándonos unos a otros cosas de mal gusto. Pero lo que ocurre, quizá, es que no hay un mal gusto y un buen gusto, sino gustos diferentes, personales, y todo regalo es una agresión por cuanto trata de imponernos un gusto que no es el nuestro.

Ya, en sí, el acto de regalar puede que sea de mal gusto, aunque hoy se nos persuade para practicar la elegancia social del regalo. La corbata, la sortija, el libro, el perfume, son cosas tan personales que parece osadía imponérnoslas desde fuera, desde otra personalidad. Pero a lo largo de la vida vamos acumulando corbatas, libros, plumas, relojes, perfumes y cosas que nos regalan nuestros parientes, amigos, familiares, amores, conocidos, superiores, inferiores y vecinos. Todos esos objetos son como la resaca de la amistad, el inventario de los días, y como nunca los usamos, porque no nos gustan, son los que más duran. El reloj que compramos a nuestro gusto, porque es nuestro modelo y nuestra marca preferidos, en seguida empieza a atrasar, o se nos moja en la ducha, o pierde un rubí. Pero el reloj que nos regalan en el día de nuestro santo es un reloj de hierro que nos acompañará hasta la muerte con su tictac implacable.

De muy niños, en la primera comunión, y antes en el bautizo, ya empiezan a hacernos regalos inoportunos, sonajeros que no suenan, plumas estilográficas de notario, bicicletas grandes y feas que no son la bicicleta de carrera con que soñábamos. Luego, en la adolescencia, mamá y la novia nos compran unas corbatas verdes con cuadritos amarillos y una vista de Pamplona en los Sanfermines. Llega uno a la autonomía y a la madurez pensando que, por fin, se ha emancipado de la servidumbre de los regalos y que se va a poner lo que le dé la gana, pero siempre hay un amigo agradecido o un compañero pelota que nos regala, en el día de nuestro cumpleaños, las obras completas de Campoamor o un cenicero que es la mezquita de Córdoba.

Debía prohibirse por decreto la costumbre del regalo, que es alienante y nos llena la casa y la vida de objetos no queridos, de figuritas cursis, de pisapapeles en forma de galgo tísico y encendedores de mesa en figura de cañón. Lo que más envejece es recibir regalos, y no sólo porque el regalo marca una fecha de nuestra vida, de nuestra edad, sino porque los regalos son irrenovables y, como no se usan, el tiempo está en ellos detenido, un tiempo macizo, de plata falsa de regalo, de bronce falso, de piedra.

Ya en el día de nuestra boda nos llega tal avalancha de lámparas tristes, vajillas orientales y alfombras sospechosamente persas, que el matrimonio nunca más levanta cabeza, y la causa de lo mal que van muchos matrimonios son los regalos de la boda, toda esa almoneda de tresillos de imitación y cojines bordados que ahoga la vida, falsea nuestra personalidad y le quita intimidad al amor.

Como ahora vivimos tiempos cínicos, mucha gente utiliza los regalos para regalarlos a su vez, con lo que hay siempre en movimiento una rueda de bandejas de plata y abridores de cartas toledanos que van pasando de casa en casa, de familia en familia, y nunca abren ninguna carta ni sirven ningún té, porque no son ya objetos útiles para la vida, sino convencionalismos de bazar para quedar bien.

La dimensión metafísica del regalo está en comprobar cómo no nos comprenden personas que creíamos que nos comprendían muy bien. Nuestra tía Adela, nuestra novia, nuestro socio y amigo, que eran seres con los que nos sentíamos muy identificados, nos regalan de pronto, en nuestro santo o por Reyes, una corbata con la bandera de Italia o un encendedor con musiquilla, y por este regalo comprendemos que hay inmensas distancias entre nosotros, abismos siderales, desconocimientos profundos, ignorancias recíprocas. ¿ De verdad cree tía Adela que nuestro sueño es ir por la vida haciendo música cada vez que encendemos el cigarrillo? ¿ De verdad cree Purita que nuestro orgullo es pasear la bandera de Italia - tan respetable, por otra parte - a través de las oficinas y los bares ? ¿ De verdad nos ven así, nos creen así, nos atribuyen ese mal gusto ?

Se ha escrito mucho que el hombre está radicalmente solo, pero este drama de la incomunicación se manifiesta sobre todo en los regalos, y por las cosas que nos regalan en el día de nuestro santo podemos medir lo lejos que están de nosotros nuestros mejores amigos, nuestras mujeres más queridas. La contrapartida desoladora de todo eso es que, sin duda, nosotros hacemos a los demás los mismos regalos absurdos, siniestros, que no tienen nada que ver con el gusto ni la personalidad del obsequiado. La pitillera de oro y la ensaladera de plata son pequeños puentes que queremos tender las personas, de unas a otras, para no estar tan aislados, pero más bien se convierten en proyectiles que arrojamos a la sensibilidad del prójimo. Dice Bataille que somos discontinuos y buscamos la continuidad, pero está demostrado que una corbata mal elegida no es la continuidad de un ser a otro. Los regalos nos molestan por ser un pequeño rito burgués, pero, sobre todo, nos aterrorizan porque nos dan la medida de hasta qué punto no nos comprenden nuestros más íntimos.
Y así, por culpa de los regalos, que vienen a suplantar nuestra sensibilidad con una sensibilidad de grandes almacenes, vivimos entre músicas que no nos dicen nada, alfombras feas, perfumes horteras, vajillas cursis, muebles rancios, libros vulgares, relojes escandalosos, corbatas de gángster, cuadros relamidos y bandejas falsas. Los regalos son la proliferación de la materia, que nos ahoga sin hacernos compañía. Son el testimonio de la mucha gente que nos quiere, nos obsequia, nos recuerda, nos halaga y no nos entiende.

Francisco Umbral, Museo nacional del mal gusto, 1976.




Las cartas de amor:


Las cartas de amor suelen ser de mal gusto. ¿ Por qué ? ¿ Es el amor de mal gusto ? Exactamente, no. En España, como la educación literaria - también la literaria - suele ser mala, la gente, cuando le llega la hora de enamorarse, suele escribir unas cartas de amor redichas, cursis o desvergonzadas.

Lo primero que hay que matizar, en esta cuestión, es el hecho de que las cartas de amor que escriben las mujeres suelen ser mucho mejores - y por supuesto más contenidas - que las de los hombres. Cualquier humilde pastora, o la que pesca en ruin barca, puede escribir una buena carta de amor. Se ve que, a la hora de escribir una carta sentimental, la mujer está en lo suyo, domina el elemento. Del mismo modo que cualquier carpintero, aunque sea semianalfabeto, puede escribir un buen manual de carpintería, cualquier mujer, niña o viuda, noble o plebeya, puede escribir una buena carta de amor, e incluso un tratado sobre el amor muy superior al de Stendhal, porque Stendhal era un burgués gordo que hablaba de oídas.

En nuestra vida hemos recibido - ay - algunas cartas de amor, no demasiadas, y siempre hemos observado - con un inevitable enjuiciamiento literario de la esquela - que la mujer es muy contenida para decir incluso lo más sublime o lo más arrebatado. La mujer, escribiendo, nunca se desmelena, aunque esto también puede ser porque uno no era capaz de desmelenarlas. Pero está, sobre todo, el sentido práctico y realista de la mujer, su visión pragmática de todo, incluso del porvenir etéreo y fucsia del amor "Que a ver cuándo te suben el sueldo y podemos casarnos. Así no podemos seguir. Ya sabes que mi madre se vendrá a vivir con nosotros. Tuya, Felisa." Y ya está despachado.

Nosotros, en cambio, en seguida queremos hacer literatura del amor y echamos mano a la retórica de bachillerato. También hay el que tira por lo bestia y, sin haber leído a Boccaccio, al Aretino ni a Cela, le pega fuertes pellizcos metafóricos a la moza cada tres líneas.
La mujer escribe del amor con la precisión de quien domina la materia y no piensa en hacer literatura. Decía un escritor español, una vez, que hay que observar lo bien escritos que están los manuales de los oficios, y lo literarios que resultan. Eso es. La sola enumeración de enseres y tareas resulta un barroquismo y una novedad que nunca puede conseguir el escritor de café, manejando siempre las mismas fuentes, ya tan agotadas. Pues la mujer, cada vez que escribe una carta de amor, está redactando realmente un manual del hogar o de la alcoba (si es más atrevida). Los caballeros, por el contrario, nos perdemos en vaguedades líricas que tratan de ocultar nuestra falta de tecnicismo erótico.

Otra variante muy curiosa y significativa de la literatura amorosa masculina es la tendencia a animalizar a la amada : "bichito", "ovejita", "patito". Los freudianos ociosos han estudiado esto como un secreto bestialismo sexual, pero lo que resulta, así a primera vista, es una cursilada. La mujer - a no ser que sea poetisa - nunca resulta cursi escribiendo de amor, al menos en sus cartas. La vanidad nos pierde a los hombres, en esto como en todo, y más que de demostrar nuestro amor, tratamos de demostrarle a la amada lo cultos que somos y lo bien que escribimos, aunque nuestro oficio sea el de maestros de obras. Hay como una necesidad de deslumbrar a la mujer, siempre y en todo. Conocido es el caso de quienes le meten en prosa las rimas de Bécquer, en una carta, pasándolas como propias. Porque, naturalemente, despreciamos a la mujer, quizá sin saberlo, en el aspecto intelectual, y damos por supuesto que de Bécquer no tiene ni idea.
Afortunadamente, cuando Bécquer estaba ya muy saqueado por todos los novios del país, aparecieron los "Veinte poemas de amor" de Pablo Neruda, y ése fue el nuevo gran recurso para los enamorados retóricos. Don Pablo ha salvado, con su almacén de metáforas eróticas, muchos noviazgos nacionales que languidecían de tedio postal y falta de imaginación.

Las cartas de amor, sobre todo las masculinas, son generalmente de mal gusto, porque el amor es una pasión eminentemente literaria y los españoles no sabemos literatura. En Francia todo el mundo escribe bien, hasta los políticos, que ya es decir, pero en España sólo ha escrito bien Azorín por lo escueto, y Quevedo por lo barroco. Los demás andamos tomando de aquí y de allá, picando esto y lo otro, y así nos va. La mujer española como la hemos mantenido al margen de ese patrimonio masculino que es la cultura, escribe sus cartas de amor sin pretensiones literarias, y le salen muy bien. La mujer se limita a objetivar con la pluma, sobre un papel rayado, un sentimiento verdadero, mientras que nosotros tratamos de falsear o inventar literariamente un sentimiento que no es, en realidad, muchas veces, sino una urgencia.

El diminutivo, la afición al diminutivo, es lo que hace cursis las cartas de amor, y está comprobado que el hombre utiliza en el amor muchos más diminutivos que la mujer, sin duda porque necesita empequeñecerla, disminuirla, infantilizarla, para encontrarse mayor y más seguro. Cuando ya no escribimos cartas de amor cuando ya no tenemos a quién, es cuando vamos aprendiendo a escondidas y nos quedan preciosas, pero las rompemos por falta de destinataria.

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Re: ¿Que estáis leyendo ahora?

Mensaje por Nomeko7 el Jue 21 Dic 2017 - 11:22

'El año del pensamiento mágico' de Joan Didion. Cuenta su experiencia tras la muerte de su marido e hija. Me está gustando mucho.
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Re: ¿Que estáis leyendo ahora?

Mensaje por Súcubo el Jue 21 Dic 2017 - 13:49




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Mensaje por Joseba el Jue 21 Dic 2017 - 14:43

Súcubo escribió:


Ya comentarás que tal. Lo tengo en la recámara pero no me animo a dar el paso.

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Re: ¿Que estáis leyendo ahora?

Mensaje por el barón el Vie 22 Dic 2017 - 8:26

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Re: ¿Que estáis leyendo ahora?

Mensaje por Súcubo el Vie 22 Dic 2017 - 10:17

Joseba escribió:
Súcubo escribió:


Ya comentarás que tal. Lo tengo en la recámara pero no me animo a dar el paso.

Lo tengo recién empezado, por ahora me gusta mucho.

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Re: ¿Que estáis leyendo ahora?

Mensaje por Axlferrari el Sáb 23 Dic 2017 - 6:06

el barón escribió:
Me alegro que lo hayan publicado recientemente. Ted Lewis renovó la novela negra británica, abriéndole el paso a gente como Derek Raymond (autor del terrible I was Dora Suarez). Lewis murió alcohólico y solitario a los 42 años sin el reconocimiento merecido.

Tiene otras novelas muy buenas como Plender o GBH :
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Re: ¿Que estáis leyendo ahora?

Mensaje por Axlferrari el Sáb 23 Dic 2017 - 6:09


Una novedad por parte de La Felguera.
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Re: ¿Que estáis leyendo ahora?

Mensaje por albichuela el Sáb 23 Dic 2017 - 7:33

Axlferrari escribió:Dejo aquí otros tres de los 53 artículos que componen el Museo nacional del mal gusto, una de las joyas de Paco Umbral :

Las enciclopedias:


Abundan mucho en nuestro tiempo esas enciclopedias sabelotodo que se le venden por tomos y a plazos al pobre hombre, al empleado, al profesional modesto o al nuevo rico. A todo el que quiere hacerse culto en un día, tener en su casa, por cuatro perras y en poco espacio, todo lo que se ha dicho, escrito, pensado, inventado y creado a lo largo de treinta siglos de civilización occidental y cincuenta de civilización oriental.

Decía Juan Ramón Jiménez : "Por su gusto y el mío, tengo en mi casa encerrada a la Belleza." Pues bien, estos nuevos ricos de la cultura creen tener encerrada en su casa a la ciencia, a la literatura, a la belleza toda, creada por el hombre y la Naturaleza, sólo porque se han suscrito a una colección de enciclopedias sabelotodo y han firmado una serie de letras. Es gente que compra la enciclopedia como compra la lavadora o el frigorífico. Cuando se notan la cabeza sucia de tópicos, rutina, vulgaridad, aburrimiento o ignorancia, la meten en la lavadora de un tomazo enciclopédico, y allí se enteran de cuántos metros de altura tiene el Himalaya, de quién fue la suegra de Lope de Vega o de cómo se puede sacar un corcho de una botella sin deteriorar la botella ni el corcho. Piensan que la ciencia y la cultura están hibernadas en su enciclopedia como las anchoas en el frigorífico y que cuando haga falta, cuando llegue una visita, podrán abrir una lata de anchoas y abrir un tomo de la enciclopedia para servir al matrimonio amigo unos canapés de filosofía hindú, física newtoniana, lírica anglosajona y atletismo griego.

Theodor W. Adorno denuncia en uno de sus ensayos la sustitución de cultura por formación. El concepto de cultura es puro, gratuito, humanístico. El concepto de formación es práctico, pragmático, utilitario, interesado. Se tiene una cultura para ser un hombre. Se tiene una formación para ser un ejecutivo.

Ya casi nadie, en nuestro tiempo, se preocupa por tener cultura, pero todo el mundo, o al menos más gente que nunca, se preocupa mucho por tener una formación, pues con una buena formación general puede usted responder correctamente a todas las preguntas del test y obtener la plaza de vendedor de aspiradoras a domicilio. El concepto de formación es una prostitución del concepto de cultura, y a él responde esta moda actual de las enciclopedias, que no sirven para nada porque lo traen todo compendiado, y si algo se resiste a la cultura es al compendio. ¿ Cómo compendiar a Shakespeare ? Lo que hay que hacer es no leerle de prisa y compendiado, sino despacio y volviendo sobre cada metáfora. ¿ Cómo compendiar el Quijote ? En el colegio, de pequeños, nos daban a leer un Quijote compendiado que a punto estuvo de hacernos odiar el hermoso libro para siempre. El compendio es un crimen de lesa cultura.

Anda por ahí un libro de éxito, El shock del futuro, donde se nos explica que el avance del mundo es tan vertiginoso, en este tiempo, que todo cuanto hacemos va quedando rebasado inmediatamente, incluido el propio libro que comentamos. Pues bien, el único recurso que se ha inventado contra esta velocidad de la Historia es el resumen, el compendio, la enciclopedia ilustrada. Como cada vez hay que saber más cosas, vamos a saberlas cada vez peor para estar al día. Pero Quevedo y Larra tenían muy pocos libros en sus bibliotecas, porque de lo que trataban era de saber bien, profundamente, unas cuantas cosas. Eso de "estar al día" es uno de los grandes mitos periodísticos de nuestro tiempo, un fraude, un timo, porque lo que hay que hacer es estar al siglo, no al día, tener una visión general y serena de la Historia, no una noticia esquemática y falsa de la última hora. Lo mejor, contra la aceleración de los tiempos, es saber cada vez menos cosas y saberlas más, quedarse con lo que a uno realmente le importa y ahondar en ello, aunque luego, en una conversación de sociedad, no seamos capaces de distinguir a Ingrid Bergman de Ingmar Bergman.

Seguramente nos quedaremos sin el empleo de vendedor de aspiradoras, pero esto nos permitirá dedicarnos a algo más hermoso en la vida. El hombre de éxito, hoy por hoy, tiene la mala conciencia de estar sin base, sin raíces, sin arraigo, y entonces cimenta su ignorancia con gruesos tomos enciclopédicos que no lee, llenos de fichas escuetas y superficiales. Es un barco a la deriva que quiere anclar en las profundidades echando un ancla lastrada de grandes volúmenes, como las piedras que echan los marineros al fondo del mar.

Nuestro hombre apresurado y unidimensional se siente flotante, perdido en la corriente rápida de las ideas y de la vida, tiene el presentimiento oscuro de que su formación es un arma de combate, pero no un poso de cultura, un sedimento, algo que le dé equilibrio a su alma. Y el vacío que lleva dentro lo llena con una enciclopedia ilustrada, lo va empedrando de tomos a plazos encuadernados en piel y con láminas a todo color. El peso de esos tomos le compensa un poco y trata de llenar un vacío espiritual con un armatoste de papel.

La elefantiasis de esos tomos enciclopédicos, que son cada vez más gordos, denota una enfermedad de la cultura, "un malestar en la cultura", que diría Freud, y nos hace amar más que nunca los libritos delgados, líricos, luminosos o sorprendentes. Porque el Discurso del método o Las iluminaciones de Rimbaud son libros así. El empleado enciclopédico, emparedado de tomos gordos en su hogar con televisiones y otros electrodomésticos que hablan o no hablan, que lavan o no lavan, nunca sabrá (la sociedad capitalista no le deja saberlo) que el enciclopedismo histórico tiene ya mala prensa cultural, pero este nuevo enciclopedismo a plazos, el de las enciclopedias ilustradas, no es un Enciclopedismo ni es una Ilustración. Es ir por un carro de fruta y traerse sólo el carro, sin la fruta.

Francisco Umbral, Museo nacional del mal gusto, 1976




Los regalos:


Usted se habrá preguntado alguna vez por qué todos los regalos que le hacen son de mal gusto. Efectivamente, las gentes nos pasamos la vida regalándonos unos a otros cosas de mal gusto. Pero lo que ocurre, quizá, es que no hay un mal gusto y un buen gusto, sino gustos diferentes, personales, y todo regalo es una agresión por cuanto trata de imponernos un gusto que no es el nuestro.

Ya, en sí, el acto de regalar puede que sea de mal gusto, aunque hoy se nos persuade para practicar la elegancia social del regalo. La corbata, la sortija, el libro, el perfume, son cosas tan personales que parece osadía imponérnoslas desde fuera, desde otra personalidad. Pero a lo largo de la vida vamos acumulando corbatas, libros, plumas, relojes, perfumes y cosas que nos regalan nuestros parientes, amigos, familiares, amores, conocidos, superiores, inferiores y vecinos. Todos esos objetos son como la resaca de la amistad, el inventario de los días, y como nunca los usamos, porque no nos gustan, son los que más duran. El reloj que compramos a nuestro gusto, porque es nuestro modelo y nuestra marca preferidos, en seguida empieza a atrasar, o se nos moja en la ducha, o pierde un rubí. Pero el reloj que nos regalan en el día de nuestro santo es un reloj de hierro que nos acompañará hasta la muerte con su tictac implacable.

De muy niños, en la primera comunión, y antes en el bautizo, ya empiezan a hacernos regalos inoportunos, sonajeros que no suenan, plumas estilográficas de notario, bicicletas grandes y feas que no son la bicicleta de carrera con que soñábamos. Luego, en la adolescencia, mamá y la novia nos compran unas corbatas verdes con cuadritos amarillos y una vista de Pamplona en los Sanfermines. Llega uno a la autonomía y a la madurez pensando que, por fin, se ha emancipado de la servidumbre de los regalos y que se va a poner lo que le dé la gana, pero siempre hay un amigo agradecido o un compañero pelota que nos regala, en el día de nuestro cumpleaños, las obras completas de Campoamor o un cenicero que es la mezquita de Córdoba.

Debía prohibirse por decreto la costumbre del regalo, que es alienante y nos llena la casa y la vida de objetos no queridos, de figuritas cursis, de pisapapeles en forma de galgo tísico y encendedores de mesa en figura de cañón. Lo que más envejece es recibir regalos, y no sólo porque el regalo marca una fecha de nuestra vida, de nuestra edad, sino porque los regalos son irrenovables y, como no se usan, el tiempo está en ellos detenido, un tiempo macizo, de plata falsa de regalo, de bronce falso, de piedra.

Ya en el día de nuestra boda nos llega tal avalancha de lámparas tristes, vajillas orientales y alfombras sospechosamente persas, que el matrimonio nunca más levanta cabeza, y la causa de lo mal que van muchos matrimonios son los regalos de la boda, toda esa almoneda de tresillos de imitación y cojines bordados que ahoga la vida, falsea nuestra personalidad y le quita intimidad al amor.

Como ahora vivimos tiempos cínicos, mucha gente utiliza los regalos para regalarlos a su vez, con lo que hay siempre en movimiento una rueda de bandejas de plata y abridores de cartas toledanos que van pasando de casa en casa, de familia en familia, y nunca abren ninguna carta ni sirven ningún té, porque no son ya objetos útiles para la vida, sino convencionalismos de bazar para quedar bien.

La dimensión metafísica del regalo está en comprobar cómo no nos comprenden personas que creíamos que nos comprendían muy bien. Nuestra tía Adela, nuestra novia, nuestro socio y amigo, que eran seres con los que nos sentíamos muy identificados, nos regalan de pronto, en nuestro santo o por Reyes, una corbata con la bandera de Italia o un encendedor con musiquilla, y por este regalo comprendemos que hay inmensas distancias entre nosotros, abismos siderales, desconocimientos profundos, ignorancias recíprocas. ¿ De verdad cree tía Adela que nuestro sueño es ir por la vida haciendo música cada vez que encendemos el cigarrillo? ¿ De verdad cree Purita que nuestro orgullo es pasear la bandera de Italia - tan respetable, por otra parte - a través de las oficinas y los bares ? ¿ De verdad nos ven así, nos creen así, nos atribuyen ese mal gusto ?

Se ha escrito mucho que el hombre está radicalmente solo, pero este drama de la incomunicación se manifiesta sobre todo en los regalos, y por las cosas que nos regalan en el día de nuestro santo podemos medir lo lejos que están de nosotros nuestros mejores amigos, nuestras mujeres más queridas. La contrapartida desoladora de todo eso es que, sin duda, nosotros hacemos a los demás los mismos regalos absurdos, siniestros, que no tienen nada que ver con el gusto ni la personalidad del obsequiado. La pitillera de oro y la ensaladera de plata son pequeños puentes que queremos tender las personas, de unas a otras, para no estar tan aislados, pero más bien se convierten en proyectiles que arrojamos a la sensibilidad del prójimo. Dice Bataille que somos discontinuos y buscamos la continuidad, pero está demostrado que una corbata mal elegida no es la continuidad de un ser a otro. Los regalos nos molestan por ser un pequeño rito burgués, pero, sobre todo, nos aterrorizan porque nos dan la medida de hasta qué punto no nos comprenden nuestros más íntimos.
Y así, por culpa de los regalos, que vienen a suplantar nuestra sensibilidad con una sensibilidad de grandes almacenes, vivimos entre músicas que no nos dicen nada, alfombras feas, perfumes horteras, vajillas cursis, muebles rancios, libros vulgares, relojes escandalosos, corbatas de gángster, cuadros relamidos y bandejas falsas. Los regalos son la proliferación de la materia, que nos ahoga sin hacernos compañía. Son el testimonio de la mucha gente que nos quiere, nos obsequia, nos recuerda, nos halaga y no nos entiende.

Francisco Umbral, Museo nacional del mal gusto, 1976.




Las cartas de amor:


Las cartas de amor suelen ser de mal gusto. ¿ Por qué ? ¿ Es el amor de mal gusto ? Exactamente, no. En España, como la educación literaria - también la literaria - suele ser mala, la gente, cuando le llega la hora de enamorarse, suele escribir unas cartas de amor redichas, cursis o desvergonzadas.

Lo primero que hay que matizar, en esta cuestión, es el hecho de que las cartas de amor que escriben las mujeres suelen ser mucho mejores - y por supuesto más contenidas - que las de los hombres. Cualquier humilde pastora, o la que pesca en ruin barca, puede escribir una buena carta de amor. Se ve que, a la hora de escribir una carta sentimental, la mujer está en lo suyo, domina el elemento. Del mismo modo que cualquier carpintero, aunque sea semianalfabeto, puede escribir un buen manual de carpintería, cualquier mujer, niña o viuda, noble o plebeya, puede escribir una buena carta de amor, e incluso un tratado sobre el amor muy superior al de Stendhal, porque Stendhal era un burgués gordo que hablaba de oídas.

En nuestra vida hemos recibido - ay - algunas cartas de amor, no demasiadas, y siempre hemos observado - con un inevitable enjuiciamiento literario de la esquela - que la mujer es muy contenida para decir incluso lo más sublime o lo más arrebatado. La mujer, escribiendo, nunca se desmelena, aunque esto también puede ser porque uno no era capaz de desmelenarlas. Pero está, sobre todo, el sentido práctico y realista de la mujer, su visión pragmática de todo, incluso del porvenir etéreo y fucsia del amor "Que a ver cuándo te suben el sueldo y podemos casarnos. Así no podemos seguir. Ya sabes que mi madre se vendrá a vivir con nosotros. Tuya, Felisa." Y ya está despachado.

Nosotros, en cambio, en seguida queremos hacer literatura del amor y echamos mano a la retórica de bachillerato. También hay el que tira por lo bestia y, sin haber leído a Boccaccio, al Aretino ni a Cela, le pega fuertes pellizcos metafóricos a la moza cada tres líneas.
La mujer escribe del amor con la precisión de quien domina la materia y no piensa en hacer literatura. Decía un escritor español, una vez, que hay que observar lo bien escritos que están los manuales de los oficios, y lo literarios que resultan. Eso es. La sola enumeración de enseres y tareas resulta un barroquismo y una novedad que nunca puede conseguir el escritor de café, manejando siempre las mismas fuentes, ya tan agotadas. Pues la mujer, cada vez que escribe una carta de amor, está redactando realmente un manual del hogar o de la alcoba (si es más atrevida). Los caballeros, por el contrario, nos perdemos en vaguedades líricas que tratan de ocultar nuestra falta de tecnicismo erótico.

Otra variante muy curiosa y significativa de la literatura amorosa masculina es la tendencia a animalizar a la amada : "bichito", "ovejita", "patito". Los freudianos ociosos han estudiado esto como un secreto bestialismo sexual, pero lo que resulta, así a primera vista, es una cursilada. La mujer - a no ser que sea poetisa - nunca resulta cursi escribiendo de amor, al menos en sus cartas. La vanidad nos pierde a los hombres, en esto como en todo, y más que de demostrar nuestro amor, tratamos de demostrarle a la amada lo cultos que somos y lo bien que escribimos, aunque nuestro oficio sea el de maestros de obras. Hay como una necesidad de deslumbrar a la mujer, siempre y en todo. Conocido es el caso de quienes le meten en prosa las rimas de Bécquer, en una carta, pasándolas como propias. Porque, naturalemente, despreciamos a la mujer, quizá sin saberlo, en el aspecto intelectual, y damos por supuesto que de Bécquer no tiene ni idea.
Afortunadamente, cuando Bécquer estaba ya muy saqueado por todos los novios del país, aparecieron los "Veinte poemas de amor" de Pablo Neruda, y ése fue el nuevo gran recurso para los enamorados retóricos. Don Pablo ha salvado, con su almacén de metáforas eróticas, muchos noviazgos nacionales que languidecían de tedio postal y falta de imaginación.

Las cartas de amor, sobre todo las masculinas, son generalmente de mal gusto, porque el amor es una pasión eminentemente literaria y los españoles no sabemos literatura. En Francia todo el mundo escribe bien, hasta los políticos, que ya es decir, pero en España sólo ha escrito bien Azorín por lo escueto, y Quevedo por lo barroco. Los demás andamos tomando de aquí y de allá, picando esto y lo otro, y así nos va. La mujer española como la hemos mantenido al margen de ese patrimonio masculino que es la cultura, escribe sus cartas de amor sin pretensiones literarias, y le salen muy bien. La mujer se limita a objetivar con la pluma, sobre un papel rayado, un sentimiento verdadero, mientras que nosotros tratamos de falsear o inventar literariamente un sentimiento que no es, en realidad, muchas veces, sino una urgencia.

El diminutivo, la afición al diminutivo, es lo que hace cursis las cartas de amor, y está comprobado que el hombre utiliza en el amor muchos más diminutivos que la mujer, sin duda porque necesita empequeñecerla, disminuirla, infantilizarla, para encontrarse mayor y más seguro. Cuando ya no escribimos cartas de amor cuando ya no tenemos a quién, es cuando vamos aprendiendo a escondidas y nos quedan preciosas, pero las rompemos por falta de destinataria.

Francisco Umbral, Museo del mal gusto nacional, 1976.


Siempre genial. Muy propicio el de los regalos Laughing Laughing Laughing
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albichuela

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Re: ¿Que estáis leyendo ahora?

Mensaje por Axlferrari el Sáb 23 Dic 2017 - 9:58

albichuela escribió:
Axlferrari escribió:Dejo aquí otros tres de los 53 artículos que componen el Museo nacional del mal gusto, una de las joyas de Paco Umbral :

Las enciclopedias:


Abundan mucho en nuestro tiempo esas enciclopedias sabelotodo que se le venden por tomos y a plazos al pobre hombre, al empleado, al profesional modesto o al nuevo rico. A todo el que quiere hacerse culto en un día, tener en su casa, por cuatro perras y en poco espacio, todo lo que se ha dicho, escrito, pensado, inventado y creado a lo largo de treinta siglos de civilización occidental y cincuenta de civilización oriental.

Decía Juan Ramón Jiménez : "Por su gusto y el mío, tengo en mi casa encerrada a la Belleza." Pues bien, estos nuevos ricos de la cultura creen tener encerrada en su casa a la ciencia, a la literatura, a la belleza toda, creada por el hombre y la Naturaleza, sólo porque se han suscrito a una colección de enciclopedias sabelotodo y han firmado una serie de letras. Es gente que compra la enciclopedia como compra la lavadora o el frigorífico. Cuando se notan la cabeza sucia de tópicos, rutina, vulgaridad, aburrimiento o ignorancia, la meten en la lavadora de un tomazo enciclopédico, y allí se enteran de cuántos metros de altura tiene el Himalaya, de quién fue la suegra de Lope de Vega o de cómo se puede sacar un corcho de una botella sin deteriorar la botella ni el corcho. Piensan que la ciencia y la cultura están hibernadas en su enciclopedia como las anchoas en el frigorífico y que cuando haga falta, cuando llegue una visita, podrán abrir una lata de anchoas y abrir un tomo de la enciclopedia para servir al matrimonio amigo unos canapés de filosofía hindú, física newtoniana, lírica anglosajona y atletismo griego.

Theodor W. Adorno denuncia en uno de sus ensayos la sustitución de cultura por formación. El concepto de cultura es puro, gratuito, humanístico. El concepto de formación es práctico, pragmático, utilitario, interesado. Se tiene una cultura para ser un hombre. Se tiene una formación para ser un ejecutivo.

Ya casi nadie, en nuestro tiempo, se preocupa por tener cultura, pero todo el mundo, o al menos más gente que nunca, se preocupa mucho por tener una formación, pues con una buena formación general puede usted responder correctamente a todas las preguntas del test y obtener la plaza de vendedor de aspiradoras a domicilio. El concepto de formación es una prostitución del concepto de cultura, y a él responde esta moda actual de las enciclopedias, que no sirven para nada porque lo traen todo compendiado, y si algo se resiste a la cultura es al compendio. ¿ Cómo compendiar a Shakespeare ? Lo que hay que hacer es no leerle de prisa y compendiado, sino despacio y volviendo sobre cada metáfora. ¿ Cómo compendiar el Quijote ? En el colegio, de pequeños, nos daban a leer un Quijote compendiado que a punto estuvo de hacernos odiar el hermoso libro para siempre. El compendio es un crimen de lesa cultura.

Anda por ahí un libro de éxito, El shock del futuro, donde se nos explica que el avance del mundo es tan vertiginoso, en este tiempo, que todo cuanto hacemos va quedando rebasado inmediatamente, incluido el propio libro que comentamos. Pues bien, el único recurso que se ha inventado contra esta velocidad de la Historia es el resumen, el compendio, la enciclopedia ilustrada. Como cada vez hay que saber más cosas, vamos a saberlas cada vez peor para estar al día. Pero Quevedo y Larra tenían muy pocos libros en sus bibliotecas, porque de lo que trataban era de saber bien, profundamente, unas cuantas cosas. Eso de "estar al día" es uno de los grandes mitos periodísticos de nuestro tiempo, un fraude, un timo, porque lo que hay que hacer es estar al siglo, no al día, tener una visión general y serena de la Historia, no una noticia esquemática y falsa de la última hora. Lo mejor, contra la aceleración de los tiempos, es saber cada vez menos cosas y saberlas más, quedarse con lo que a uno realmente le importa y ahondar en ello, aunque luego, en una conversación de sociedad, no seamos capaces de distinguir a Ingrid Bergman de Ingmar Bergman.

Seguramente nos quedaremos sin el empleo de vendedor de aspiradoras, pero esto nos permitirá dedicarnos a algo más hermoso en la vida. El hombre de éxito, hoy por hoy, tiene la mala conciencia de estar sin base, sin raíces, sin arraigo, y entonces cimenta su ignorancia con gruesos tomos enciclopédicos que no lee, llenos de fichas escuetas y superficiales. Es un barco a la deriva que quiere anclar en las profundidades echando un ancla lastrada de grandes volúmenes, como las piedras que echan los marineros al fondo del mar.

Nuestro hombre apresurado y unidimensional se siente flotante, perdido en la corriente rápida de las ideas y de la vida, tiene el presentimiento oscuro de que su formación es un arma de combate, pero no un poso de cultura, un sedimento, algo que le dé equilibrio a su alma. Y el vacío que lleva dentro lo llena con una enciclopedia ilustrada, lo va empedrando de tomos a plazos encuadernados en piel y con láminas a todo color. El peso de esos tomos le compensa un poco y trata de llenar un vacío espiritual con un armatoste de papel.

La elefantiasis de esos tomos enciclopédicos, que son cada vez más gordos, denota una enfermedad de la cultura, "un malestar en la cultura", que diría Freud, y nos hace amar más que nunca los libritos delgados, líricos, luminosos o sorprendentes. Porque el Discurso del método o Las iluminaciones de Rimbaud son libros así. El empleado enciclopédico, emparedado de tomos gordos en su hogar con televisiones y otros electrodomésticos que hablan o no hablan, que lavan o no lavan, nunca sabrá (la sociedad capitalista no le deja saberlo) que el enciclopedismo histórico tiene ya mala prensa cultural, pero este nuevo enciclopedismo a plazos, el de las enciclopedias ilustradas, no es un Enciclopedismo ni es una Ilustración. Es ir por un carro de fruta y traerse sólo el carro, sin la fruta.

Francisco Umbral, Museo nacional del mal gusto, 1976




Los regalos:


Usted se habrá preguntado alguna vez por qué todos los regalos que le hacen son de mal gusto. Efectivamente, las gentes nos pasamos la vida regalándonos unos a otros cosas de mal gusto. Pero lo que ocurre, quizá, es que no hay un mal gusto y un buen gusto, sino gustos diferentes, personales, y todo regalo es una agresión por cuanto trata de imponernos un gusto que no es el nuestro.

Ya, en sí, el acto de regalar puede que sea de mal gusto, aunque hoy se nos persuade para practicar la elegancia social del regalo. La corbata, la sortija, el libro, el perfume, son cosas tan personales que parece osadía imponérnoslas desde fuera, desde otra personalidad. Pero a lo largo de la vida vamos acumulando corbatas, libros, plumas, relojes, perfumes y cosas que nos regalan nuestros parientes, amigos, familiares, amores, conocidos, superiores, inferiores y vecinos. Todos esos objetos son como la resaca de la amistad, el inventario de los días, y como nunca los usamos, porque no nos gustan, son los que más duran. El reloj que compramos a nuestro gusto, porque es nuestro modelo y nuestra marca preferidos, en seguida empieza a atrasar, o se nos moja en la ducha, o pierde un rubí. Pero el reloj que nos regalan en el día de nuestro santo es un reloj de hierro que nos acompañará hasta la muerte con su tictac implacable.

De muy niños, en la primera comunión, y antes en el bautizo, ya empiezan a hacernos regalos inoportunos, sonajeros que no suenan, plumas estilográficas de notario, bicicletas grandes y feas que no son la bicicleta de carrera con que soñábamos. Luego, en la adolescencia, mamá y la novia nos compran unas corbatas verdes con cuadritos amarillos y una vista de Pamplona en los Sanfermines. Llega uno a la autonomía y a la madurez pensando que, por fin, se ha emancipado de la servidumbre de los regalos y que se va a poner lo que le dé la gana, pero siempre hay un amigo agradecido o un compañero pelota que nos regala, en el día de nuestro cumpleaños, las obras completas de Campoamor o un cenicero que es la mezquita de Córdoba.

Debía prohibirse por decreto la costumbre del regalo, que es alienante y nos llena la casa y la vida de objetos no queridos, de figuritas cursis, de pisapapeles en forma de galgo tísico y encendedores de mesa en figura de cañón. Lo que más envejece es recibir regalos, y no sólo porque el regalo marca una fecha de nuestra vida, de nuestra edad, sino porque los regalos son irrenovables y, como no se usan, el tiempo está en ellos detenido, un tiempo macizo, de plata falsa de regalo, de bronce falso, de piedra.

Ya en el día de nuestra boda nos llega tal avalancha de lámparas tristes, vajillas orientales y alfombras sospechosamente persas, que el matrimonio nunca más levanta cabeza, y la causa de lo mal que van muchos matrimonios son los regalos de la boda, toda esa almoneda de tresillos de imitación y cojines bordados que ahoga la vida, falsea nuestra personalidad y le quita intimidad al amor.

Como ahora vivimos tiempos cínicos, mucha gente utiliza los regalos para regalarlos a su vez, con lo que hay siempre en movimiento una rueda de bandejas de plata y abridores de cartas toledanos que van pasando de casa en casa, de familia en familia, y nunca abren ninguna carta ni sirven ningún té, porque no son ya objetos útiles para la vida, sino convencionalismos de bazar para quedar bien.

La dimensión metafísica del regalo está en comprobar cómo no nos comprenden personas que creíamos que nos comprendían muy bien. Nuestra tía Adela, nuestra novia, nuestro socio y amigo, que eran seres con los que nos sentíamos muy identificados, nos regalan de pronto, en nuestro santo o por Reyes, una corbata con la bandera de Italia o un encendedor con musiquilla, y por este regalo comprendemos que hay inmensas distancias entre nosotros, abismos siderales, desconocimientos profundos, ignorancias recíprocas. ¿ De verdad cree tía Adela que nuestro sueño es ir por la vida haciendo música cada vez que encendemos el cigarrillo? ¿ De verdad cree Purita que nuestro orgullo es pasear la bandera de Italia - tan respetable, por otra parte - a través de las oficinas y los bares ? ¿ De verdad nos ven así, nos creen así, nos atribuyen ese mal gusto ?

Se ha escrito mucho que el hombre está radicalmente solo, pero este drama de la incomunicación se manifiesta sobre todo en los regalos, y por las cosas que nos regalan en el día de nuestro santo podemos medir lo lejos que están de nosotros nuestros mejores amigos, nuestras mujeres más queridas. La contrapartida desoladora de todo eso es que, sin duda, nosotros hacemos a los demás los mismos regalos absurdos, siniestros, que no tienen nada que ver con el gusto ni la personalidad del obsequiado. La pitillera de oro y la ensaladera de plata son pequeños puentes que queremos tender las personas, de unas a otras, para no estar tan aislados, pero más bien se convierten en proyectiles que arrojamos a la sensibilidad del prójimo. Dice Bataille que somos discontinuos y buscamos la continuidad, pero está demostrado que una corbata mal elegida no es la continuidad de un ser a otro. Los regalos nos molestan por ser un pequeño rito burgués, pero, sobre todo, nos aterrorizan porque nos dan la medida de hasta qué punto no nos comprenden nuestros más íntimos.
Y así, por culpa de los regalos, que vienen a suplantar nuestra sensibilidad con una sensibilidad de grandes almacenes, vivimos entre músicas que no nos dicen nada, alfombras feas, perfumes horteras, vajillas cursis, muebles rancios, libros vulgares, relojes escandalosos, corbatas de gángster, cuadros relamidos y bandejas falsas. Los regalos son la proliferación de la materia, que nos ahoga sin hacernos compañía. Son el testimonio de la mucha gente que nos quiere, nos obsequia, nos recuerda, nos halaga y no nos entiende.

Francisco Umbral, Museo nacional del mal gusto, 1976.




Las cartas de amor:


Las cartas de amor suelen ser de mal gusto. ¿ Por qué ? ¿ Es el amor de mal gusto ? Exactamente, no. En España, como la educación literaria - también la literaria - suele ser mala, la gente, cuando le llega la hora de enamorarse, suele escribir unas cartas de amor redichas, cursis o desvergonzadas.

Lo primero que hay que matizar, en esta cuestión, es el hecho de que las cartas de amor que escriben las mujeres suelen ser mucho mejores - y por supuesto más contenidas - que las de los hombres. Cualquier humilde pastora, o la que pesca en ruin barca, puede escribir una buena carta de amor. Se ve que, a la hora de escribir una carta sentimental, la mujer está en lo suyo, domina el elemento. Del mismo modo que cualquier carpintero, aunque sea semianalfabeto, puede escribir un buen manual de carpintería, cualquier mujer, niña o viuda, noble o plebeya, puede escribir una buena carta de amor, e incluso un tratado sobre el amor muy superior al de Stendhal, porque Stendhal era un burgués gordo que hablaba de oídas.

En nuestra vida hemos recibido - ay - algunas cartas de amor, no demasiadas, y siempre hemos observado - con un inevitable enjuiciamiento literario de la esquela - que la mujer es muy contenida para decir incluso lo más sublime o lo más arrebatado. La mujer, escribiendo, nunca se desmelena, aunque esto también puede ser porque uno no era capaz de desmelenarlas. Pero está, sobre todo, el sentido práctico y realista de la mujer, su visión pragmática de todo, incluso del porvenir etéreo y fucsia del amor "Que a ver cuándo te suben el sueldo y podemos casarnos. Así no podemos seguir. Ya sabes que mi madre se vendrá a vivir con nosotros. Tuya, Felisa." Y ya está despachado.

Nosotros, en cambio, en seguida queremos hacer literatura del amor y echamos mano a la retórica de bachillerato. También hay el que tira por lo bestia y, sin haber leído a Boccaccio, al Aretino ni a Cela, le pega fuertes pellizcos metafóricos a la moza cada tres líneas.
La mujer escribe del amor con la precisión de quien domina la materia y no piensa en hacer literatura. Decía un escritor español, una vez, que hay que observar lo bien escritos que están los manuales de los oficios, y lo literarios que resultan. Eso es. La sola enumeración de enseres y tareas resulta un barroquismo y una novedad que nunca puede conseguir el escritor de café, manejando siempre las mismas fuentes, ya tan agotadas. Pues la mujer, cada vez que escribe una carta de amor, está redactando realmente un manual del hogar o de la alcoba (si es más atrevida). Los caballeros, por el contrario, nos perdemos en vaguedades líricas que tratan de ocultar nuestra falta de tecnicismo erótico.

Otra variante muy curiosa y significativa de la literatura amorosa masculina es la tendencia a animalizar a la amada : "bichito", "ovejita", "patito". Los freudianos ociosos han estudiado esto como un secreto bestialismo sexual, pero lo que resulta, así a primera vista, es una cursilada. La mujer - a no ser que sea poetisa - nunca resulta cursi escribiendo de amor, al menos en sus cartas. La vanidad nos pierde a los hombres, en esto como en todo, y más que de demostrar nuestro amor, tratamos de demostrarle a la amada lo cultos que somos y lo bien que escribimos, aunque nuestro oficio sea el de maestros de obras. Hay como una necesidad de deslumbrar a la mujer, siempre y en todo. Conocido es el caso de quienes le meten en prosa las rimas de Bécquer, en una carta, pasándolas como propias. Porque, naturalemente, despreciamos a la mujer, quizá sin saberlo, en el aspecto intelectual, y damos por supuesto que de Bécquer no tiene ni idea.
Afortunadamente, cuando Bécquer estaba ya muy saqueado por todos los novios del país, aparecieron los "Veinte poemas de amor" de Pablo Neruda, y ése fue el nuevo gran recurso para los enamorados retóricos. Don Pablo ha salvado, con su almacén de metáforas eróticas, muchos noviazgos nacionales que languidecían de tedio postal y falta de imaginación.

Las cartas de amor, sobre todo las masculinas, son generalmente de mal gusto, porque el amor es una pasión eminentemente literaria y los españoles no sabemos literatura. En Francia todo el mundo escribe bien, hasta los políticos, que ya es decir, pero en España sólo ha escrito bien Azorín por lo escueto, y Quevedo por lo barroco. Los demás andamos tomando de aquí y de allá, picando esto y lo otro, y así nos va. La mujer española como la hemos mantenido al margen de ese patrimonio masculino que es la cultura, escribe sus cartas de amor sin pretensiones literarias, y le salen muy bien. La mujer se limita a objetivar con la pluma, sobre un papel rayado, un sentimiento verdadero, mientras que nosotros tratamos de falsear o inventar literariamente un sentimiento que no es, en realidad, muchas veces, sino una urgencia.

El diminutivo, la afición al diminutivo, es lo que hace cursis las cartas de amor, y está comprobado que el hombre utiliza en el amor muchos más diminutivos que la mujer, sin duda porque necesita empequeñecerla, disminuirla, infantilizarla, para encontrarse mayor y más seguro. Cuando ya no escribimos cartas de amor cuando ya no tenemos a quién, es cuando vamos aprendiendo a escondidas y nos quedan preciosas, pero las rompemos por falta de destinataria.

Francisco Umbral, Museo del mal gusto nacional, 1976.


Siempre genial. Muy propicio el de los regalos Laughing Laughing Laughing
Pues sí. Qué gran articulista era Umbral.
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Re: ¿Que estáis leyendo ahora?

Mensaje por El Botones Sacarino el Dom 24 Dic 2017 - 12:18



Lo acabo de terminar. Me ha gustado mucho.
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El Botones Sacarino

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Re: ¿Que estáis leyendo ahora?

Mensaje por albichuela el Dom 24 Dic 2017 - 14:48

Mi intensidad lectora se ha ido al garete durante el último trimestre. He tenido que recurrir a la poesía, que ni pa relatos me da ya.



Este poema tiene un son
que no es el suyo. Imaginad
que estamos bailando un bolero.
Pero la música que suena
yo no la oigo: es otro ritmo,
otro compás, el que yo llevo.
Bailo a destiempo, a contratiempo.
Mi pareja se queja porque
la estoy pisando. ¿Cómo puedo
decirle que escucho una música
que ya sonó o no sonó nunca?
Nos sentamos. No nos miramos.
(No nos veríamos).
El son
de este poema no es el suyo:
llevamos músicas distintas.
Por eso el baile es imposible
y debo desistir.
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Re: ¿Que estáis leyendo ahora?

Mensaje por Joseba el Dom 24 Dic 2017 - 15:11

albichuela escribió:Mi intensidad lectora se ha ido al garete durante el último trimestre. He tenido que recurrir a la poesía, que ni pa relatos me da ya.



Este poema tiene un son
que no es el suyo. Imaginad
que estamos bailando un bolero.
Pero la música que suena
yo no la oigo: es otro ritmo,
otro compás, el que yo llevo.
Bailo a destiempo, a contratiempo.
Mi pareja se queja porque
la estoy pisando. ¿Cómo puedo
decirle que escucho una música
que ya sonó o no sonó nunca?
Nos sentamos. No nos miramos.
(No nos veríamos).                                          
El son
de este poema no es el suyo:
llevamos músicas distintas.
Por eso el baile es imposible
y debo desistir.

El siguiente paso son los haikus. Si quieres, te pongo algunos de mi cosecha.

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Re: ¿Que estáis leyendo ahora?

Mensaje por beriboogie el Dom 24 Dic 2017 - 19:59

Criminal pentatónico escribió:
manel. escribió:Releyéndolo por tercera vez. Uno de los mejores libros que he leído en mi vida.


Me está flipando axl

Libraco del demonio, tanto que lo estoy acabando y me da una pena tremenda. No pasará mucho tiempo en que lo lea por segunda vez cheers
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Re: ¿Que estáis leyendo ahora?

Mensaje por el barón el Dom 24 Dic 2017 - 20:50

beriboogie escribió:
Criminal pentatónico escribió:
manel. escribió:Releyéndolo por tercera vez. Uno de los mejores libros que he leído en mi vida.


Me está flipando axl

Libraco del demonio, tanto que lo estoy acabando y me da una pena tremenda. No pasará mucho tiempo en que lo lea por segunda vez cheers

Siempre podéis ir a por la edición de alpha decay, que al cambiar el título pasa por otro libro.
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Re: ¿Que estáis leyendo ahora?

Mensaje por Cheesehead el Mar 26 Dic 2017 - 22:23

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