Libros marxistas, anarquistas, comunistas, etc, a recomendar

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Mensaje por Joseba el Miér 3 Jul 2013 - 12:29

@psycho-sonic escribió:
@Joseba escribió:Un saludo, psycho-sonic, encantado de conocerle y gracias por los datos que me proporcionó, que los tengo apuntados en una libreta. Ya echaré un vistazo poco a poco.

Igualmente majo. Por lo que veo ya estas liao con los libros de que hablamos....yo también le he echado una visual a las webs que me apuntaste, habrá que profundizar en ellas. Excepto en eso del Chines....ahí va a profundizar Rita Barberá.

Oye, el blog de la asociación, Hevenday está un poco desactualizada, no? la última entrada esta ya lejana.

Al final el sábado, echando un paseo por el casco vine a dar con el local cenetista y estaba abierto. Gente maja los compas que me encontré. Estuvimos trasegando unas birras y echando unas parrafadas antes de comer. Joder, incluso un compa me ofrecio su casa para próximos Azkenas.....

Ya ves: solidaridad entre anarquistas. Por cierto que una de las que ahí trabaja es la agente del forero Txomin....

Lo de Hevenday está en proceso de cambio. A partir de septiembre habrá novedades y se actualizará el blog y tal.

Lo del Chinese fue una broma que espero no se tomase a mal.

Un saludo.

Joseba

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Mensaje por Joseba el Jue 16 Ene 2014 - 21:16

¿Algunos libros que hablen o recomienden de cómo organizar asambleas, comités, plataformas, etc...?

Joseba

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Mensaje por Joseba el Jue 16 Ene 2014 - 23:49

@Joseba escribió:¿Algunos libros que hablen o recomienden de cómo organizar asambleas, comités, plataformas, etc...?

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Joseba

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Mensaje por Axlferrari el Vie 15 Jun 2018 - 12:04

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Cabe recordar la excelente síntesis de Kostas Papaioannou, El Marxismo, ideología fría, donde critica la gran mentira burocrática del marxismo-leninismo. Como señala Jaime Semprún en su prefacio de la reedición en francés, la descripción que hace Papaioannou del sistema totalitario también se aplica a la sociedad mundializada actual y a su "ortodoxia sin dogma". La dominación capitalista unificada bajo la bandera de la libertad mercantil ha emprendido desde hace treinta años, con los resultados que cada uno puede observar, el perfeccionamiento de la inmensa maquinaria burocrática que dirige las conciencias, gestiona el capital y regula la "vida política" de la sociedad.

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Última edición por Axlferrari el Vie 17 Ago 2018 - 10:02, editado 1 vez
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Mensaje por Axlferrari el Vie 15 Jun 2018 - 12:10

@Irreversible escribió:Volviendo al origen de tu comentario, sobre quien propone soluciones al tema, yo volvería sobre una recomendación que te han hecho. Precisamente, por la exposición que se hace, que va en la dirección de "ya es demasiado tarde". Hablo de "Catastrofismo, administración del desastre y sumisión sostenible", de Jaime Semprun, hijo del que fuera ministro del PSOE el también difunto Jorge Semprun.

Está escrito con ese estilo un poco afrancesao de darle mil vueltas desmigajando cada concepto, pero si lo estudias detenidamente, le sacas mucho mucho jugo. Una critica en toda regla al decrecentismo que tan de moda está.


http://www.pepitas.net/libro/catastrofismo

Es una gran editorial, la Pepitas de Calabaza.

Gran libro el de Jaime Semprún, sí señor. De Jaime, esa misma editorial también publicó El abismo se repuebla y Manuscrito encontrado en Vitoria, este último escrito en colaboración con Miguel Amorós.


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Presentación por la editorial :
El Manuscrito encontrado en Vitoria nació como “la crítica más avanzada formulada jamás en España” y el tiempo lo ha situado como uno de los escritos más esclarecedores de aquel convulso momento: la transacción a la democracia. Esta nueva edición del Manuscrito en la que, además, Miguel Amorós nos cuenta los avatares del texto, es el preludio de la reedición en esta editorial de las obras más notables de uno de los pensadores –y activistas más relevantes que ha dado la crítica social durante el siglo XX, Jaime Semprun (1947-2010).


En realidad, Jaime Semprún es más descendiente de Guy Debord que de su propio padre, Jorge, con el que no se hablaba desde su adolescencia : http://www.cazarabet.com/conversacon/fichas/fichas1/abismoserepuebla.htm


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Unos cuantos textos recientes de Miguel Amorós :

Rock para principiantes : https://www.foroazkenarock.com/t52435-rock-para-principiantes-un-libro-de-miguel-amoros?highlight=amoros

La clase media y sus pánicos : https://argelaga.wordpress.com/2015/05/28/la-peste-ciudadana-la-clase-media-y-sus-panicos/



Librería especializada en temas libertarios, muy útil para estar al tanto de las novedades editoriales : http://www.lamalatesta.net/


Última edición por Axlferrari el Jue 9 Ago 2018 - 17:18, editado 1 vez
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Mensaje por Axlferrari el Miér 18 Jul 2018 - 23:17

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Marcel Mariën - Teoría de la revolución mundial inmediata (publicada por Hiru, pequeña editorial de Hondarribia, Gipuzkoa)

En 1958, el surrealista belga Marcel Mariën elabora un programa de derrocamiento del capitalismo a escala internacional. Realizable en menos de un año. En cualquier sitio, en cualquier momento. Único problema : encontrar 300 hombres dispuestos a llevar a cabo esa revolución. Contrariamente a los manuales destinados a los aspirantes revolucionarios, Mariën no esconde que su receta infalible está condenada al fracaso. Su intención es ante todo performativa: hacer que exista en el mundo una propuesta de acción política que nadie antes que él se había atrevido a formular en esos términos. Y quizás así, quién sabe, alterar la marcha del mundo. Al introducir el juego en la teoría, Mariën responde a la observación según la cual, en la era atómica, "es toda la realidad que, de golpe, se ha hundido en la ficción".
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Mensaje por Axlferrari el Lun 20 Ago 2018 - 12:16

Libros marxistas, anarquistas, comunistas, etc, a recomendar - Página 4 9788494171260
Ricardo Mella - La ley del número

http://www.lamalatesta.net/product_info.php/products_id/59506

Como una ley del número se nos impone que unas personas elegidas por una mayoría de la población pueden legislar sobre todos los aspectos de nuestras vidas imponiendo sus decisiones a todas, incluidas a aquellas que no les votaron. Como una ley del número nos venden que sus decisiones son en nombre de la mayoría cuando en realidad solo actúan en beneficio de los intereses particulares de minorías y élites económicas. Como una ley del número nos machacan reiteradamente con que la población solo puede expresar sus deseos mediante el voto. Como una ley del número pretenden hacernos creer que la libre asociación entre personas no es posible.

Contra esta ley del número escribe Mella. Contra ese monstruo electoral y legislativo que pretende poseerlo todo.

Ricardo Mella, uno de los principales y más lúcidos pensadores libertarios, intenta mostrar que una sociedad donde el apoyo mutuo y la libertad individual sean la base, es posible.



Libros marxistas, anarquistas, comunistas, etc, a recomendar - Página 4 9788469799185
Mijail Bakunin - Obras completas, tomo 1, coordinadas por Frank Mintz, introducción de Miguel Amorós

http://www.lamalatesta.net/product_info.php/products_id/60206



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Michel Bounan - La loca historia del mundo

Jean-François Martos - Historia de la Internacional situacionista

Volin - La Revolución desconocida

Carlos Semprún-Maura - Revolución y contrarrevolución en Cataluña (1936-1937)




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Adorno y la Escuela de Frankfurt están entre lo mejor producido por el pensamiento crítico del siglo XX, pero es lógico que a los estalinistas no les caigan bien ya que se atacaron a todas las formas de totalitarismo (sean capitalistas o pseudocomunistas), y por supuesto se opusieron a la degeneración del pensamiento de Marx convertido en catecismo "marxista-leninista" al servicio del poder de Estado. De Adorno cabe destacar su Dialéctica de la Ilustración, escrita con Horkheimer. Es un libro importante, como también lo es Minima moralia.

Herbert Marcuse es otro nombre importante. Supo criticar el marxismo oficial al que consideraba como "superestructura ideológica" de una sociedad represiva dominada por la burocracia estalinista. En El hombre unidimensional describió, de forma algo desesperada, la estructura totalitaria de la sociedad moderna, privada de perspectivas revolucionarias.

Otros que me gustan :

Günther Anders, La obsolescencia del hombre - Descripción de la sumisión del ser humano a la sociedad dominada por la industria y las máquinas.

Los dos volúmenes que componen La obsolescencia del hombre constituyen, según palabras de su autor, “una antropología filosófica en la época de la tecnocracia”, entendida ésta como “el hecho de que el mundo, en que hoy vivimos y que se encuentra por encima de nosotros, es un mundo técnico, hasta el punto de que ya no nos está permitido decir que, en nuestra situación histórica, se da entre otras cosas también la técnica, sino que más bien tenemos que decir que, ahora, la historia se juega en la situación del mundo denominada ‘técnica’ y, por tanto, la técnica se ha convertido en la actualidad en el sujeto de la historia, con la que nosotros sólo somos aún ‘co-históricos’.



Guy Debord, La sociedad del espectáculo, un libro fulgurante. El tema central es la crítica objetiva del mundo capitalista actual, concebido como "espectáculo". La teoría del espectáculo reactualiza el análisis de la mercancía del primer capítulo del Capital de Marx. En el espectáculo, todo está al revés, lo real se convierte en ideología, y ésta, "materializada", se ha convertido en algo real, en el sentido que invade todos los ámbitos de la vida social e individual. La ausencia de vida real es el modo de existencia dominante en la sociedad moderna. El espectáculo sólo es en realidad un momento del desarrollo de la producción mercantil en el cual "lo verdadero es un momento de lo falso". Como la religión, el espectáculo separa al humano de su ser, y le hace moverse en el mundo irreal de la imagen.

El libro fue adaptado al cine por el propio Debord :




En cuanto a Miguel Amorós, hace poco publicó Filosofía en el tocador, una recopilación de ensayos que contiene un texto interesante sobre la Genealogía del pensamiento débil :

Spoiler:

“Donde no se quiere la utopía, el pensamiento mismo muere” (Adorno)

En 1848 se cerró el ciclo de revoluciones burguesas y terminó el predominio del pensamiento hegeliano. Los Estados, provistos de parlamentos y de constituciones, fueron adaptándose a los nuevos tiempos, no sin tratar de mantener un equilibrio entre los intereses contrapuestos de las clases dominantes. La burguesía ya no se preocupó más que de acumular riqueza, incluso por encima del poder político en sí. Se volvió conservadora y, por lo tanto, poco interesada en la historia o en la conexión de la realidad con la filosofía, “su tiempo comprendido en ideas” según Hegel. La praxis filosófica se separó de la política y de la ciencia, perdiendo unidad y consistencia. Surgió un tropel de sistemas opcionales: neokantismo, fenomenología, utilitarismo, positivismo, vitalismo, darwinismo, existencialismo, etc. Según Gunther Anders, el pensamiento filosófico post hegeliano se mostró como retorno a una naturaleza pasiva y ensanchada: el hombre, la moral, el Estado, la sociedad, fueron conceptos deshistorizados y renaturalizados. En sus contradictorias mutaciones la nueva reflexión filosófica pasaba a ser la expresión ideológica múltiple de la reacción conservadora en el seno de la burguesía. A pesar del grado de verdad que pudieran tener alguno de sus postulados por revelar las limitaciones del idealismo alemán, era la manifestación en el área especulativa del cambio radical de orientación de la clase burguesa.

El desarrollo del proletariado aportó un nuevo tipo de conflictividad, desplazando el escenario de la revolución a los talleres y las fábricas. El movimiento obrero se interesaría por las ciencias sociales y naturales, por la evolución de las especies, por la salud y la sexualidad, por la pedagogía y la literatura, pero en ninguna de sus ramas se sintió la necesidad de un pensamiento específico como componente real del proceso revolucionario. El proletariado consciente permanecía anclado en una concepción naturalista del mundo. Era creencia bastante extendida de que ni el marxismo ni el anarquismo tenían que ver con la filosofía y nadie se planteaba la necesidad de una filosofía “obrera”. Si bien el anarquismo se consideraba “la concepción más racional y práctica de una vida social en libertad y armonía” (Berkman), y el marxismo se veía más como una teoría científica de la evolución social y una sociología general crítica, en cuanto a principios filosóficos, los pensadores más destacados de uno y otro campo no iban más allá de un materialismo vulgar, naturalista y cientista, optimista, puesto que descansaba en la teoría de la evolución y la fe en el progreso. En lo que concierne al anarquismo, la derrota de la Commune y la disolución de la Internacional pesaron en su posterior evolución, marcándose diferencias profundas entre la tendencia obrera, bakuninista primero, luego comunista y sindicalista, y la tendencia individualista, estirneriana, que rechazaba el carácter obrero internacionalista y defendía la propiedad privada. La historia antropológica de Reclus y el determinismo mecánico de Kropotkin vendrían a completar el corpus ideológico anarquista. Del lado socialista democrático, se perfilaban también dos líneas principales, la reformista y la revolucionaria. Ambas se consideraban marxistas, pero para la una el marxismo era una teoría neutra del conocimiento de las leyes que rigen la sociedad, necesario para desarrollar las fuerzas productivas racionalmente, mientras que para la otra era nada menos que “la expresión teórica del movimiento revolucionario de la clase proletaria” (Korsch). La Primera Guerra Mundial ahondó todavía más las diferencias entre bandos, y, al tener lugar la Revolución Rusa, la primera revolución supuestamente hecha de acuerdo con las enseñanzas marxistas, la relación entre marxismo y filosofía se puso sobre el tapete.

La querella filosófica de 1924 enfrentó a los marxistas revolucionarios, que reivindicaban una metodología dialéctica hegeliano-marxista, con los marxistas socialdemócratas y los “marxistas-leninistas”. Estos últimos, apoyándose en el libro “Materialismo y Empiriocriticismo”, pretendían instaurar una filosofía marxista de partido con bases filosóficas burguesas semejantes a las propuestas por los ideólogos socialdemócratas. La derrota del proletariado alemán en octubre y noviembre de 1923 y el desarrollo veloz en Rusia de un capitalismo de Estado dirigido implacablemente por una burocracia usurpadora hablando en nombre de la revolución, sentenciaron la disputa a favor del leninismo. Así, incluso antes de que la dictadura bolchevique se convirtiera en un infierno totalitario y la burocracia soviética en una auténtica clase explotadora, el “marxismo” se transformó por la vía leninista en una especie de materialismo burgués, dualista y mecanicista, determinista y positivista, una ideología estrafalaria al servicio de un Estado totalitario como sus futuros homólogos italiano y alemán. Pannekoek y la izquierda consejista holandesa y alemana libraron batalla contra esa conversión ideológica, pero Luckacs, disciplinado y obediente al “partido”, hizo “autocrítica” y desautorizó su “Historia y conciencia de clase.” También los anarquistas habían salido perdiendo en las revoluciones rusa y alemana, y su mayor preocupación del momento fue dar a conocer su papel en ellas, desfigurado por los comunistas de todas las tendencias, no la de confeccionar una filosofía que recogiera su legado desde Proudhon y la Internacional en una visión del mundo coherente. Bien al contrario, la necesidad de exposiciones sencillas y sistemáticas del “ideal” se hizo más urgente, y por eso mismo Alexander Berkman redactó un “ABC del comunismo libertario”. Malatesta zanjó la relación entre anarquismo y filosofía afirmando que éste no se fundaba en ninguna ciencia, ni constituía ningún sistema, lo cual no excluía el pensamiento filosófico en sí siempre que sirviera “para enseñar a los hombres a razonar mejor y a distinguir con más precisión lo real de lo fantástico”. Posición ahistórica y ecléctica que conducía a fundar su “concepción del mundo” en principios abstractos como “la voluntad” y “el amor a los hombres”, dejando la cuestión sin resolver. El anarcosindicalismo tuvo sus mejores formulaciones entre 1930 y 1938, al producirse en la península ibérica la reorganización del movimiento obrero (“Los sindicatos obreros y la revolución social” de Pierre Besnard) y durante la revolución española (por ejemplo, en “Anarcosindicalismo. Teoría y práctica” de Rudolf Rocker). Después, nada hasta “El Anarquismo. De la doctrina a la acción”, de Daniel Guérin, “Anarquismo ayer y hoy”, de Louis Mercier y “El anarquismo en la sociedad de consumo”, de Murray Bookchin, en los comienzos de un nuevo ciclo revolucionario inscrito en la quiebra del modelo fordista de desarrollo, que tuvo la virtud de despertar un interés, por desgracia pasajero, hacia el protagonismo anarquista en las revoluciones rusa, española y mexicana, rescatando del olvido a figuras señeras como Landauer, Makhno, Berneri, Los Amigos de Durruti o Magón, y a experiencias insuperables como los sindicatos únicos, los consejos obreros, las colectividades ibéricas y las milicias. Bookchin planteaba una respuesta anarquista a la sociedad “de la abundancia”, abriendo nuevos frentes en el terreno de la crítica ecológica, del urbanismo y de la tecnología. Mercier proponía una renovación teórica mediante la confrontación del análisis anarquista clásico con las nuevas condiciones de dominación y explotación capitalistas. Para Guérin la superación del impasse filosófico anarquista pasaba por una reconciliación entre Marx y Bakunin, que bien podía partir de la unidad entre la concepción materialista de la historia y la crítica del Estado. En realidad, pasaba, entre otras cosas, por una vuelta a Bakunin -por una relectura a fondo de su obra en tanto que filósofo materialista y teórico de la revolución. Tras la desaparición de la Internacional, los pilares de su pensamiento, la dialéctica histórica y la crítica de Rousseau, Hegel, Comte y Marx -del contrato social, de la mística idealista, de la función de la ciencia positiva y del estatismo- fueron menospreciados e ignorados. Tal desconsideración, junto con otros factores a tener en cuenta como por ejemplo la falta de crítica de su intervención histórica, empujaría el pensamiento anarquista, según soplara el viento, bien hacia la ideología cientista o el individualismo interclasista, bien a la aventura, a la mistificación del pasado o al circunstancialismo.

En el panorama posterior a la guerra del 14, la crisis social había espoleado la capacidad de pensar tanto de la burguesía occidental como de la burocracia estalinista, lo cual se manifestaba de dos maneras, o mejor de dos idealismos, uno subjetivo y el otro objetivo. La burguesía, cada vez más tentada por salvadores providenciales, dictaduras y aventuras nazis, había perdido todo el optimismo liberal democrático del principio. No contemplaba el mundo como suyo, sino como algo ajeno y neutro ante el que el individuo se constituía como “ser”, desinteresado en la política, la moral o la acción social. La fugacidad de la experiencia vital de dicho ser impedía la posibilidad de trascender el tiempo histórico. La categoría de la acción -la praxis- fue abandonada definitivamente por la filosofía revisionista de entreguerras, bien para encerrarse en una postura pesimista y derrotista, o bien para aplaudir incondicionalmente al poder establecido. Heidegger será el filósofo más representativo de la época. El proletariado apenas se movía. En cuanto a la burocracia soviética, ésta conservaba el optimismo de una clase ascendente, aunque fuera igual de incapaz que su competidora y aliada –la burguesía decadente- de conocer la realidad más allá de lo que le dictaban sus intereses de clase. Ella se consideraba intérprete exclusivo del interés de las clases oprimidas, y por consiguiente, dirigente de la revolución y timonel de la historia. La filosofía estalinista no se limitaba pues a ocultar con fantasías legitimadoras la verdad –la esencia de las cosas expresada en ideas-, sino que producía sus rituales, sus héroes y sus mitos propios, arropados con verborrea científica y determinista. En ese contexto, no se distinguía de la religión. El Partido, el Politburó, el Estado, el Líder supremo, la Ciencia, la Revolución, el Socialismo… todos eran una retahíla de figuras henchidas y vacías –elementos de un espectáculo concentrado como diría Debord- destinadas a consolidar su poder con pretensiones de objetividad y universalidad. El ataque a la Razón se realizaba en dos frentes y de dos formas distintas: desde la irracionalidad subjetiva, disolviendo los conceptos de alienación, sujeto, clase, verdad, ideología, historia, memoria, humanidad, etc., en los de ser, voluntad, impulso vital, existencia, naturaleza, raza, patria y demás; y desde la irracionalidad objetiva, con un hipermarxismo verborreico y maniqueo. La idea de libertad había resultado radicalmente transformada, pues no tenía nada que ver con la autodeterminación sin trabas de la comunidad, sino en un estar ahí del individuo dentro de un caos amoral y asocial, dejándose llevar con indiferencia, cuando no obedeciendo ciegamente a quienes se autoproclamaban representantes del destino o agentes de la necesidad histórica.

Ciertamente el pensamiento racional no retrocedió, ni ante los embates existenciales, pragmatistas, nazis o marxisto-estalinistas de la sinrazón, ni ante las propias contradicciones del racionalismo. La idolatría de la ciencia y el progreso fueron ambos cuestionados como ideología burguesa, denunciándose su carácter instrumental, mientras el arte y la literatura de vanguardia apelaban a lo oscuro, lo infantil, lo primitivo, lo crepuscular, como contrapunto de lo corriente y mesurable. Finalmente, ante los ataques de Nietzsche a los valores burgueses, la crítica de la Razón en nombre de la Razón no concluyó en una nueva metafísica de la existencia desnuda situada “más allá del bien y del mal”, ni tampoco se deslizó hacia el esteticismo. Sin embargo, el triunfo de las potencias capitalistas y del totalitarismo soviético le restó posibilidades de expandirse y comunicarse, quedando aislado en círculos intelectuales, editoriales marginales, facultades de provincia y proyectos con mayor o menor éxito como el Instituto de Investigación Social (los autores de la Escuela de Frankfurt y otros vinculados a ella), el Collège de sociologie (Bataille), las revistas Politics (MacDonald) y Le Contrat sociale (Suvarin, Papaioannou), la Asociación para la Planificación Regional (Mumford), etc. Protegida por la escasa repercusión inicial de sus investigaciones, separada de los medios sociales y alejada de los conflictos políticos cotidianos, sin relación dialéctica con la totalidad del proceso social y por lo tanto, sin empleo, la importancia de la crítica social teórica se disparó con la irrupción de un nuevo ciclo revolucionario en los países de capitalismo turbodesarrollista durante los años sesenta del siglo pasado. Hacía de puente entre dos épocas; a otros correspondería asimilarla y practicarla, en verdad, a los protagonistas de las revueltas, los nuevos contestatarios. No se puede afirmar con rotundidad que tal tarea no encontrara obstáculos casi insalvables, y con eso no sólo nos referimos a las fuerzas de represión y disuasión del orden, sino a las jaulas del estalinismo, que bajo diversos ropajes, tercermundistas principalmente, sedujo a una buena parte de la juventud revoltosa del momento. Pero la crítica social hacía progresos, acompañando al movimiento real. El Mayo francés del 68 fue el punto culminante del “segundo asalto proletario a la sociedad de clases”, tal como lo definiría la Internacional Situacionista, el único colectivo en captar el potencial revolucionario de la época y en señalar los puntos donde aplicar la palanca de la revuelta. La crítica situacionista constituyó una extraordinaria síntesis de razón e imaginación. Aunque no asimilara la totalidad del pensamiento crítico formulado con anterioridad y pecara de historicismo y de progresismo, fue la más coherente e innovadora, formulando exigencias radicales que, dada la profundidad de la crisis, podían plantearse a escala masiva. Pero no encontró a su proletariado más que unos breves momentos, pues la búsqueda de la conciencia teórica por parte de la clase obrera de los sesenta no duró demasiado y la creación de consejos obreros no tuvo lugar en ninguna parte. La I.S. dio el golpe de gracia al estalinismo y sentó las bases de una crítica radical verdaderamente subversiva, donde el deseo iba de la mano del conocimiento racional, pero de sus triunfos se beneficiarían las nuevas generaciones amorfas y sumisas, reacias a dejar el refugio capitalista para secundar proyectos revolucionarios, pilares de una clase vencedora que supo fagocitar e integrar sus aportaciones.

El Poder quiere ser contemplado como algo natural, como si siempre hubiera estado presente, por eso siente horror a la historia, a la historia de la lucha de los oprimidos, ya que ésta le recuerda su origen reciente, su condición de usurpador y la duración efímera de su existencia. Lograda la victoria sobre el proletariado autónomo, su objetivo estratégico era la erradicación de la misma idea de autonomía, a realizar primeramente mediante un desarme teórico que pusiera a la historia fuera de la ley. Con la desvalorización del conocimiento histórico objetivo se buscaba borrar del imaginario social todo lo que el pensamiento revolucionario había vuelto consciente y que por el bien de la dominación tenía que caer en el olvido, después de una última mistificación. Para una tarea de tal envergadura el viejo marxismo positivista resultaba inoperante, y también el estructuralismo. La reflexión académica seudorradical se convirtió entonces en el instrumento idóneo para empujar la historia a la clandestinidad y hacer que el orden volviera al terreno de las ideas gracias a la recuperación de fragmentos críticos convenientemente desactivados, cosa fácil dado que las condiciones de degradación intelectual reinantes en los medios universitarios favorecían la falsificación. Así pues, los pensadores de la clase dirigente se defendían de la subversión llevando los acontecimientos fuera de la historia, integrándolos en su visión del mundo como metarrelatos, es decir, como categorías literarias atemporales. El hecho histórico, cargado de experiencia humana, pasaba a considerarse como una excepción que carecía de significado preciso, una interrupción condenable de la norma, una fisura reparable en las inmutables estructuras. La lógica fobia de la dominación a las revoluciones llevaba a que sus pensadores calificasen de mitos falaces todas las ideas que empujaban a los individuos hacia la realización colectiva en la historia de su propia libertad, de forma que no les quedara más remedio que doblegarse ante la opresión y evadirse en su pequeño mundo privado.

Las vedettes de la recuperación adquirieron una notoriedad impensable pocos años antes, puesto que uno de los aspectos más llamativos de la destrucción de la historia ha sido la facilidad con la que se fabrican y rectifican reputaciones cuando la mixtificación sabionda tiene las manos libres. Y así pues, los pensadores funcionarios camparon durante un tiempo entre los escombros teóricos de las luchas anteriores -vueltos inofensivos por el reflujo del movimiento- el necesario para que la sumisión progresase y las ilusiones revolucionarias dejaran de ser necesarias. Con un proletariado revolcándose en la miseria modernizada, las ideas ya no eran peligrosas: cualquier profesor de medio pelo podía cuestionar cualquier punto de la anterior ortodoxia y proponer una alternativa ficticia y chapucera. El truco consistía en ser extremadamente crítico en los detalles y abstenerse de concluir. Todo era demasiado complejo para deducir soluciones simples del estilo de abolir el estado y las clases. El psicoanálisis podía servir como coartada de una radicalidad de papel. Por ejemplo, para un cómico como Guattari no había que buscar la lucha de clases en los escenarios habituales del combate social, en los antagonismos generados por la explotación, sino “en la piel de los explotados”, en la familia, en la consulta del médico, en el grupúsculo, en la pareja, en el “yo”, etc., a saber, en cualquier parte donde el capital y el estado no salieran demasiado perjudicados. Todo eso sonaba muy radical, incluso muy anarquista, pero uno se podía pasar la vida mirando su sexo o su interior, culpabilizándose y buscando la lucha de clases sin estar seguro de encontrarla. Un pensamiento sumiso guardando las apariencias subversivas resultaba lo más indicado para un poder que se apoyaba en unas clases medias asalariadas y en un proletariado retrocediendo en desorden que, todavía ambos bajo el influjo de las conmociones pasadas, soñaban con revoluciones que realmente no deseaban y en todo caso, que eran incapaces de hacer aunque quisieran. Consumidores de ideología, querían al mismo tiempo el prestigio de la revuelta y la tranquilidad del orden. Sin embargo, la fase “revolucionaria” de la ideología dominante cesó tan pronto como se esfumó en el mundo occidental la perspectiva de una guerra de clases. En poco tiempo la inmersión en la vida privada, la preponderancia de los intereses particulares y la satisfacción inmediata de necesidades falsas produjo tal inconsciencia general y tal grado de ignorancia que el camino del pensamiento débil quedó definitivamente allanado. La desvinculación de la vida social y pública permitía que la abundancia de mercancías colmara los deseos manipulados de las masas y que su espíritu se contentara con sucedáneos cada vez más simples. En 1979, año en que aparece el adjetivo “posmoderno” en su acepción actual, el concepto de revolución ya podía ser demolido con comodidad: con el proletariado adormecido, la historia podía redefinirse como “narración” o “relato”, es decir, como canción de cuna, un género literario menor dentro del cual la revolución quedaba reducida a simple “acontecimiento” fabulable. Pero la revolución no era precisamente objeto del deseo. La caterva de “neofilósofos” –la mayoría, antiguos maoistas- condenaba la revolución y la universalidad como antesala del totalitarismo. Quien abogara por un modelo alternativo de sociedad o apelara a un proyecto revolucionario trabajaba para una nueva forma de poder, o sea, para el Poder. Afirmaban que “la historia no existe” o que “el individuo no existe” con la misma naturalidad que los negacionistas rechazaban la evidencia de las cámaras de gas y los crematorios nazis. Por fin la intelectualidad adicta estaba en condiciones de afrontar idealmente a la subversión ya casi extinta. La sociedad volvía al orden, se inauguraba un mercado de ideas inútiles para masas analfabetizadas y los neopensadores se ponían de moda, dejándose de disimulos y proclamando abiertamente ante los medios sus fines liquidadores. Fin de la utopía: no pocos abominaron de Mayo del 68 como revolución y lo aplaudieron como modernización. Las ideas de moda se mostraban como lo que eran, ideas de la dominación. La clase dominante que surgió transformada tras la descomposición del movimiento obrero y de la reestructuración del capitalismo, encontraba al final un pensamiento inequívocamente suyo, una filosofía propia que reflejaba a la perfección su carácter y la nueva condición de su dominio, la tremendamente antihumanista condición posmoderna. En los bien remunerados departamentos de enseñanza, provistos de un arsenal de categorías ambiguas y brumosas expresadas en un farragoso argot autorreferencial, los recuperadores post estructuralistas y semiólogos trabajaban en su “tematización”.

Sin lugar a dudas, el pensamiento reaccionario posmoderno se construyó a partir de interpretaciones unilaterales sobre todo de Nietzsche, aunque también se echó mano a Heidegger, Kant, Husserl, Lacan, Levi-Strauss y Freud en la medida de su utilidad para la labor de destrucción de la Razón y la Historia. La filosofía racionalista había creado valores universales, postulando una progresiva toma de conciencia que en su estadio final volvía a la humanidad capaz de autogobernarse en libertad. La categoría de universalidad acababa con las diferencias de nacimiento, de destino, de sexo, de riqueza, de clase, de nación… Su realización era un proceso conflictivo: de ahí la importancia dada a la historia como historia de las luchas de liberación. En sus formulaciones más radicales, las revoluciones constituían las salidas violentas de emergencia. Nietzsche cuestionó la realidad de dicho proceso emancipador, negando el telos o finalidad de la historia y sacando a colación la dimensión inconsciente y oscura –dionisiaca- de las sociedades humanas. Quiso demostrar que los fundamentos de la Razón no eran racionales y que la historia no evolucionaba según planes determinados. La astucia de la razón que deducía fines generales a partir de pasiones particulares era pues una falacia hegeliana. Es más, la razón, al apoderarse de la “Vida”, la destruía, luego por el bien de ésta había que desembarazarse de aquella. Tal sería, un tanto simplificada, la tarea que inspirará a los primeros artífices de la filosofía débil de la posmodernidad, Foucault y Deleuze, a sus procedimientos genealógicos y modelos rizomáticos. No podemos negar el crucigrama teórico surgido de la cruel materialización de la idea de Progreso, de la experiencia totalitaria y del triunfo del capitalismo que Adorno, Benjamin, Bataille y otros, cada uno a su modo, trataron de resolver sin necesidad de renunciar a la Razón ni hacer concesiones al irracionalismo. Pero las críticas razonadas de la razón y su sentido histórico estaban condenadas a languidecer en tertulias de ilustrados, a no ser que un sujeto agente se hiciera cargo de sus resultados y los llevara a la práctica. Por desgracia, ese sujeto, la clase obrera revolucionaria, en los años ochenta había dejado de existir. En verdad el sujeto histórico no puede coexistir con la contrarrevolución. El gran logro del capitalismo fue precisamente ese, materializado gracias a la disolución de los vínculos que ligaban los individuos a su gente, a su vecindario y a su clase mediante la privatización absoluta del vivir, o sea, mediante la desintegración de la trama social por la colonización tecnoeconómica de la vida cotidiana. Desde un punto de vista conservador hipermoderno, la historia no era el escenario donde se recreaba la humanidad consciente para autoliberarse. En la práctica, para un defensor de lo existente, la historia se inmolaba en un eterno presente donde nadie era ni devenía, sino que simplemente existía. Por consiguiente, la aniquilación teórica del sujeto de la conciencia fue uno de los primeros objetivos del pensamiento sumiso. Sin sujeto no había posibilidad de utopías revolucionarias. Cabía completar la victoria capitalista en el campo de las ideas, pero no mediante la herramienta de falsificación habitual, el marxismo universitario, sino innovando en el arte, también universitario, de disolver la verdad en la mentira y la realidad en el espectáculo. Las condiciones mentales del capitalismo tardío –desconexión con el pasado, desmemoria, pérdida de valor de la experiencia, anomia, seudoidentidad- favorecían la operación, dándole además los aires prestigiosos de la ruptura.
Al prescindir de la categoría de totalidad, el comentario apologético destruye la verdad y la convierte en doxa, opinión, interpretación, bucle. Para el apologista todos los sistemas filosóficos no han sido otra cosa. Los hitos del pensamiento ya no se contemplan como momentos del desarrollo de la verdad, luego de la humanidad, sino como un montón de ruinas más o menos aprovechables. A los ojos del posmoderno, ni la verdad ni la humanidad existen. Su trabajo de recuperador es más propio de un arqueólogo con su “caja de herramientas” que de un historiador de la filosofía recopilando informaciones y datos susceptibles de un tratamiento objetivo. Cualquier enunciado se puede cuestionar (y “deconstruir”) demostrándose su invalidez a la carta. Para Derrida, las categorías como por ejemplo, género humano, clase, comunidad, libertad, relación social, antagonismo, revolución, etc., son simples fantasmagorías del lenguaje, y por consiguiente, meras convenciones, “logocentrismo”. Algún entusiasta de la incomunicación como Barthes llegaría a decir que “el lenguaje es fascista.” Las categorías mencionadas no son reales; la realidad es lo que queda al final de la deconstrucción, es decir, poco menos que nada. Son simples formas de hablar. La objetividad se pierde, la esencia se diluye y el contenido se vacía: lo verdadero no se distingue de lo falso, ni lo concreto, de la abstracción. Políticamente, el relativismo de tal delirio interpretativo conduce a someterse al orden vigente dejando que otros, los expertos, controlen las condiciones de existencia de la mayoría: si nada es verdad, cualquier forma de adhesión está permitida. Hete aquí un nihilismo de andar por casa que en sus aspectos más llamativamente negadores penetra en todas las ideologías, del marxismo al anarquismo, del nacionalismo al fascismo, hibridándose en cierta medida con ellas. En las obras más representativas de la conciencia servil, el Poder no aparece en un extremo de la jerarquía social como producto de unas relaciones desequilibradas por el capital y el Estado, sino la sustancia que impregna la vida, desde el estrato social más alto al más bajo. El Poder, como Dios y la líbido, está en todas partes, pero especialmente en las asambleas de trabajadores, en la vida cotidiana, en la cama, en el alma individual y en las raíces de la tan traída verdad, que a poco que se abra camino se verá denunciada como convencional y totalitaria. No sorprenderá que algún avispado como Foucault haya encontrado su bioideal sucesivamente en el Irán de Jomeini, en el partido socialista francés y en los Estados Unidos de Ronald Reagan. Otros, como Guattari “el máquina”, reivindicaban la revuelta de mayo como si realmente no hubieran permanecido tranquilos en su casa durante los días de las barricadas. Como buen alumno de Lacan creía que la realidad más real eran las estructuras y que éstas “no salían de manifestación.” La mayoría, como Derrida, de cara a un público académico políticamente correcto, se declaraban vagamente “de izquierdas”, pero cuidándose de desmarcarse mucho más del 68 que del estalinismo y antisemitismo de sus maestros.

Los posmodernos de segunda como Baudrillard –otro maoista renegado- afirmaron incluso que la realidad no existía, que era un simulacro. Muchos de su bando la calificaban de “discurso”; otros, de “caos”. Curiosa manera de “interpretar” a Debord. Sin embargo, el concepto de espectáculo, derivado del de alienación, idea-tabú para los posmodernos, hacía referencia a realidades muy palpables como la relación entre personas mediatizada por imágenes, forma última del fetichismo de la mercancía. Al contrario de lo afirmado por Lipovetsky –renegado del socialbarbarismo- la alienación no era guay. El vacío no era una opción libremente escogida. Los individuos estaban alienados en tanto que espectadores pasivos de una representación de sí mismos hecha por otros, los agentes de la dominación. Así pues, toda su actividad, productiva, pensante, lúdica… no era propiamente la suya, sino que estaba diseñada y determinada por reglas fijadas en exclusivo beneficio económico y político de la clase dominante. No obstante, la alienación no era una fatalidad, sino un fenómeno histórico que de la misma manera que había empezado podía acabar. A cada cual regodearse con ella como un cretino o ponerle fin bruscamente. No puede extrañar que para los posmodernos -alienados satisfechos- la alienación fuese el principal concepto a suprimir tras los de revolución e historia. Sin él, el rechazo frontal al régimen dominante perdía justificación. Si la realidad era algo más que espectáculo, la copia no era igual de legítima que el original. La verdad definía a contrario la falsedad.

A medida que el capitalismo proletarizaba el mundo con la inestimable ayuda de la tecnología, las condiciones industriales de existencia se generalizaban y la mentalidad posmoderna se extendía. Las reflexiones de la posmodernez eran las más indicadas para el confort intelectual de los estratos medios desarrollados en las fases de crecimiento económico. Nos estamos refiriendo a las clases medias asalariadas, con estudios e hiperconectadas. Las características más comunes de la vida cotidiana en régimen turbocapitalista se daban al cien por cien en dichas clases: narcisismo, vacío existencial, frivolidad, consumismo, falta de compromiso sólido, miedo, soledad, problemas emocionales y relacionales, gregarismo, culto al éxito, “realismo” político, etc, todo lo cual las convertía el público ideal de la posmodernidad. La “ideología francesa” -tal como la llamaba Castoriadis-, a pesar de su oscuridad y vaciedad, o precisamente por ellas, encajaba perfectamente con la naturaleza trivial de aquellos sectores de población, la base social de la dominación. Pero la función de la especulación posmoderna no acaba ahí: cualquier movimiento real anticapitalista se la encontraría por el camino en compañía del ciudadanismo y del progresismo, dificultando la cristalización tanto de una práctica verdaderamente antagonista, como de un verdadero pensamiento crítico antidesarrollista. Se la encuentra incluso en los rangos anarquistas, donde las ideologías primitivistas e insurreccionalistas allanaron el camino. Para un anarquista de la nueva ola discutir sobre organización, rememorar el pasado o simplemente hablar de revolución es entrar en la dinámica del poder. La anarquía posmoderna no es orden sino caos, y el caos ya existe, aunque no sea suficientemente caótico para los foucaltianos de vanguardia. Contra el poder no hay rebelión colectiva posible, puesto que lo colectivo es opresor en sí. Solamente cabe un individualismo stirneriano que vaya saltándose todas las convenciones posibles, por ejemplo, sobre el sexo, la salud, la pareja, la alimentación, los animales de compañía, la convivencia social cotidiana, etc. Al final, resulta que el individuo existe, pero sólo en la modalidad de “único”. De esta forma, la cuestión social que ocupaba el centro del anarquismo clásico resulta eliminada ante una pluralidad de opciones personales efímeras y contradictorias, realmente caóticas, muy representativas de la libertad posmoderna, versión vanguardista de esa clase de libertad postulada por el capitalismo. El anarquismo posmoderno no es otra cosa más que un reflejo ideológico futurista de las condiciones de supervivencia en el capitalismo urbano tardío. Dijo Anders eso de que “Hiroshima está en todas partes.” Lo mismo podríamos decir de Derrida o de Foucault. La amenaza nuclear es hoy una trivialidad porque forma oficialmente parte del sistema, exactamente igual que el pensamiento débil. En consecuencia, la crítica de la posmodernidad ocupa el lugar que antaño correspondió a la crítica de la religión marxista-leninista, en un momento en que la sociedad tecnológica de masas ocupa del lugar de la antigua sociedad de clases.

“Nunca el mundo habrá sido tan despreciable y nunca, tan poco criticado. El espectáculo presenta ha eliminado tan bien la distancia crítica que ya no existe nada indefendible que no pueda defenderse” (Encyclopédie des Nuisances, nº 7). La primera gran dificultad de la crítica radical es la de encontrar a un sujeto capaz de restablecer dicha distancia, o sea, capaz de opinar, pues las comunidades de lucha nacidas de los conflictos no suelen ser suficientemente fuertes y estables. Tampoco son muy dadas al debate con voluntad de concluir. La presencia de las clases medias las vuelve “comunidades de carnaval” o de “guardarropía”, según la expresión de Z. Bauman, es decir, masas reunidas en espectáculos sin intereses comunes pero con una ilusión compartida de corta duración, una momentánea identidad, que sirve para canalizar la tensión acumulada en los días rutinarios. En ese tipo de seudocomunidad tan pronto como terminan las protestas festivaleras, todo queda como estaba. El efecto más nefasto de los espectáculos contestatarios de los últimos tiempos, al dispersar la energía de los conflictos sociales verdaderos en salvas ceremoniales, ha sido el aborto de verdaderas comunidades combatientes. La invasión de afectividad insatisfecha anula cualquier intento de comunicación racional, por eso las asambleas rehuyen los debates concluyentes y sueltan las emociones, atrayendo a un sinfín de personajes neuróticos y caracteriales: frikis. Es evidente que si las crisis no son lo bastante profundas como para generar antagonismos irreconciliables y amenazar seriamente la supervivencia de una de las partes, la peste emocional desactivará siempre los conflictos reales y los fragmentos posmodernos contaminarán cualquier reflexión bienintencionada. La tarea inmediata de la crítica consistirá entonces en denunciar los mecanismos psicopolíticos de contención y la mentalidad mesocrática conformista en la que se anclan. Pero la reflexión no marcha separada de la pasión: el deseo de razón parte de la razón del deseo. Kafka, Anders, Marcuse, Reich, Sade y los surrealistas pueden ser de gran ayuda. Sin embargo, la labor de más largo alcance es la de afrontar la crisis de la idea de Progreso, de la Historia y de la misma Razón –la crisis de la sociedad capitalista- sin volver al redil cayendo en la irracionalidad, en un escapismo estético o ruralizante, en un antihumanismo naturalista y sociófobo, en una hipertecnofilia, etc. Hay que explicar los síntomas de la crisis social histórica sin abdicar jamás de la Razón, que, como dice Horkheimer, es “la categoría fundamental del pensamiento filosófico, la única capaz de unirlo al destino de la Humanidad.” En ese punto hay que ser conservadores, puesto que se trata de conservar un pensamiento que sirva para transformar radicalmente el mundo. En definitiva, hay que perseguir la utopía, que no es más que una razón sui generis, una razón imaginativa.

La supresión radical de la razón y de la memoria en la que se esfuerzan los posmodernos, el fin de la utopía, obedece a un imperativo del Estado contemporáneo, igual que la sustitución del deseo y la voluntad por el capricho y el compromiso frívolo. La dominación quiere ocultar su naturaleza y su historia, como si el Estado siempre hubiera sido razonable y placentero, aun cuando la irracionalidad y la represión le sean inherentes. Sin embargo, parafraseando a Debord, un Estado de esa clase, tan contrario a la razón, a la memoria y a la vida, “y en cuya gestión se instala de manera perdurable un gran déficit de conocimientos históricos, no puede en absoluto ser conducido estratégicamente”, y por consiguiente, ésta condenado a la aberración y al derrumbe.

Miguel Amorós


Un extracto de la entrevista publicada en Ruta 66 :


Ruta 66 : En el texto “Genealogía del pensamiento débil” hablas de un “pensamiento sumiso guardando las apariencias subversivas” y de “consumidores de ideología que quieren al mismo tiempo el prestigio de la revuelta y la tranquilidad del orden”. Se diría que eso puede aplicarse al 15M, al podemismo y a toda esa nueva (re)generación política que parece resumirse en vender la juventud de sus líderes, como hace el rock.

M. Amorós : El pensamiento débil, posestructuralista y deconstructor, -la french theory– surgió como reacción contra Mayo del 68. Su objetivo era dinamitar el pensamiento revolucionario presentándolo como portador de totalitarismo. La generación tecnófila del 15M ha mamado sus postulados, sus tópicos, sus seudorradicalismos. No es una generación que predique el desmantelamiento del capitalismo y la disolución del Estado, que levante barricadas y que deserte de las instituciones, sino todo lo contrario. Es una generación de viejos prematuros, que criminaliza a quienes se defienden de la policía, reclama las calles para convertirlas en discotecas maquineras y renueva los viejos fetiches con trajes galácticos.

Ruta 66 : Podemos, al que tildas de “remake de Izquierda Unida”, es fruto de ese movimiento llamado ciudadanista, que vienes a traducir como un “asalto a las poltronas” y con el que te muestras muy crítico: “la presencia de políticos de nuevo cuño haciendo de bisagra al lado de otros mas vistos está estabilizando la casta partitocrática y otorgándole un suplemento de legitimidad”.

M. Amorós : Los comunistas han sido siempre la vanguardia de la contrarrevolución. Si hace cuarenta años, con un movimiento obrero fuerte, la vanguardia tomaba forma de partido obrero, en el momento actual, sin perspectivas revolucionarias, esa vanguardia adquiere visos de una socialdemocracia renovada. La vieja toma del poder no se apoya en la canalización de la violencia emanada de la lucha de clases, sino en la frustración de las clases medias aburguesadas, a las que se refieren como “ciudadanía”. El “asalto a las instituciones” no es más que la explotación electoral del desencanto “ciudadano”. Basta con observar un poco la conducta institucional de Podemos y consortes para darse cuenta de que no han venido a regenerar nada, sino a apuntalarlo todo.

Ruta 66 : El posmodernismo es otra de tus bestias pardas. Su pensamiento lo defines como reaccionario, en él predominan los intereses particulares, la satisfacción inmediata de falsas necesidades, la inconsciencia, la ignorancia, los deseos manipulados y un espíritu que se contenta con sucedáneos cada vez más débiles. ¿Tan perniciosos han sido personajes como Deleuze, Foucault, Derrida, Baudrillard?

M. Amorós : Los situacionistas con el término de “recuperación” se referían a la operación de desvitalización y saqueo del pensamiento crítico mediante un discurso incoherente y confusionista, francamente superficial, que sólo podía ser útil al orden establecido. Los recuperadores de antaño actuaron desde la universidad, dando pie a una extensa literatura frívola y alambicada que hoy sirve de “cajón de las herramientas” a los recuperadores contemporáneos, bastante más numerosos que sus predecesores. Los impostores que citas no fueron peores que sus admirativos lectores: se limitaron a hacer su trabajo.

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Mensaje por Axlferrari el Miér 12 Sep 2018 - 18:22

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Excelentes análisis que conducen a conclusiones radicales : la abolición del dinero y del valor, de la mercancía y del trabajo, del Estado y del mercado ha de ser inmediata y no debe servir de "programa maximalista" ni tampoco como utopía. La abolición de dichos males es la única forma de realismo.


Otros libros de Anselm Jappe :

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Mensaje por Axlferrari el Sáb 22 Sep 2018 - 12:40

En Francia hay unas cuantas editoriales libertarias, destacaría tres : Champ Libre (antigua editorial de Guy Debord que ahora se llama Ivrea), L'Echappée y L'Encyclopédie des Nuisances (fundada por Jaime Semprun).


Dejo aquí unas cuantas publicaciones de L'Echappée : https://www.lechappee.org/


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Mensaje por Axlferrari el Lun 1 Oct 2018 - 17:43

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Novedad : http://www.lalinternasorda.com/acratas.html


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Mensaje por Axlferrari el Mar 6 Nov 2018 - 22:10

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Anarquismo frente a los nacionalismos
Manel Aisa Pàmpols, Miquel Amorós, Octavio Alberola, Juan Pablo Calero, Pep Castells Casellas, Rafael Cid Estarellas, Miguel Gómez, Tomás Ibáñez Gracía, José Ramón Palacios García, Fernando Ventura Calderón, Laia Vidal Juanola, Julio Reyero González.

Presentación :

Un sector del anarquismo, al apoyar a los nacionalistas, ha perdido la trabazón con los obreros, pero parece haber encontrado un lazo bastante sólido con la clase media y el nacionalismo. El derecho laboral se ha hermanado con la libertad de los pueblos, y las papeletas electorales, con la acción directa. Queremos denunciar cómo el nacionalismo ha sido asimilado por la izquierda política y ha contribuido a distraer a los trabajadores de los problemas reales de corrupción, privatizaciones, falta de derechos civiles y laborales, etc. El movimiento obrero desde tiempos de la Primera Internacional siempre ha pretendido ser internacionalista, como sinónimo de cosmopolita o universal. Internacionalismo entendido como la superación de todo tipo de barreras culturales y nacionales que separan a las gentes, a los pueblos, en identidades subjetivas. El socialismo se adhirió a un internacionalismo obrero para hacer frente a las nuevas injusticias sociales que salieron de las llamadas revoluciones liberales, revoluciones burguesas, ante todo.
Cuando alguien mezcló el socialismo con el nacionalismo parió el fascismo, para frenar el avance del movimiento obrero y defender los intereses capitalistas, en nombre de un falso anticapitalismo. El anarquismo había vivido siempre en simbiosis con el movimiento obrero, al que había proporcionado ideales y cambios sociales. Cualquier anarquista habría dicho que el nacionalismo no era sino un intento de la burguesía de dividir al proletariado; que el conflicto nacionalista era un falso conflicto (Madrid-Cataluña-Pais Vasco) y que había que combatirlo incluso con armas en la mano, tal y como se aprobó en el Congreso de CNT celebrado en el teatro de La Comedia en 1931.

"El nacionalismo de los de arriba sirve a los de arriba.
El nacionalismo de los de abajo sirve también a los de arriba.
El nacionalismo, cuando los pobres lo llevan dentro,
no mejora: es un absurdo total"
Bertolt Brecht
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Mensaje por Axlferrari el Vie 8 Feb 2019 - 8:19

Libros marxistas, anarquistas, comunistas, etc, a recomendar - Página 4 9788494686870

Cornelius Castoriadis (1922-1997) dejó un impresionante legado intelectual de naturaleza pluridisciplinar y a contracorriente de las principales tendencias dominantes en el mundo contemporáneo. Elaboró, desde los años cincuenta del pasado siglo, una crítica radical del estalinismo, reflexionó sobre la evolución del capitalismo, analizó las razones del fracaso del marxismo como pensamiento emancipatorio, desarrolló una teoría del imaginario social y de la función de la imaginación radical, investigó las raíces del proyecto de autonomía e indagó sobre las razones del ascenso de la insignificancia en la sociedad actual.

«El capitalismo parece haber logrado fabricar al fin el tipo de individuo que le «corresponde»: uno perpetuamente distraído y haciendo zapping de un «goce» a otro, sin memoria ni proyecto, listo para responder a todos los requerimientos de una maquinaria económica que destruye cada vez más la biosfera planetaria para producir ilusiones denominadas mercancías» (C. Castoriadis).
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Mensaje por Axlferrari el Miér 22 Mayo 2019 - 20:20

Libros marxistas, anarquistas, comunistas, etc, a recomendar - Página 4 La%20substance%20du%20capital%20Kurz

Una novedad : https://www.lechappee.org/collections/versus/la-substance-du-capital

Pérdida de sentido del trabajo, desempleo de masas, daños psicológicos, catástrofes ecológicas, revueltas sociales : los días de esta sociedad parecen contados, y en numerosas regiones del mundo ya ha dejado de funcionar por completo.

A través de la investigación de las raíces de esta crisis que bien podría ser la última, Robert Kurz denuncia los callejones sin salida del pensamiento de la izquierda y del marxismo tradicional que pretenden ofrecer una alternativa al sistema económico dominante. Ambos se han construido sobre una oposición entre trabajo y capital, valorizando una clase obrera productora de riquezas, exigiendo una mejor repartición de los recursos.

Kurz propone una tesis provocadora : el trabajo no es otra cosa que la sustancia del capital, y lo que fabrica no se asemeja en nada a riquezas. El hecho de no cuestionar el trabajo impide que se ponga en cuestión la organización de la producción, sus modalidades técnicas, sus consecuencias sociales y ecológicas. Kurz también recuerda que las luchas populares nunca fueron tan fuertes como cuando rechazaban la condición obrera.

Al omitir la crítica al trabajo, la izquierda y el marxismo tradicional han adoptado el punto de vista del capital. Partiendo de una reactualización de algunas intuiciones de Marx, Robert Kurz propone al contrario una teoría crítica de la sociedad actual que va más allá de la superficie, y ataca su núcleo duro.
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Mensaje por salakov el Miér 22 Mayo 2019 - 21:59

El trabajo es una herramienta de control social.

Eso es.
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Mensaje por gayeta el Miér 22 Mayo 2019 - 22:04

Yo estoy ahora con "El caso Altsasu", no se si entraría en este post.

También sigo con "Stalin, el Grande" de Anselmo Santos, que me está gustando pero vaya troncho.
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Mensaje por Axlferrari el Jue 23 Mayo 2019 - 6:24

@salakov escribió:El trabajo es una herramienta de control social.

Eso es.
El gran problema es que la izquierda nos sigue vendiendo el trabajo asalariado como un valor positivo, ahí reside la gran estafa que certifica la complicidad del conjunto de la izquierda con el Capital.

De Robert Kurz se han traducido algunos textos en castellano, como el Manifiesto contra el trabajo.


Última edición por Axlferrari el Jue 23 Mayo 2019 - 6:44, editado 1 vez
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Mensaje por Axlferrari el Jue 23 Mayo 2019 - 6:32

@gayeta escribió:Yo estoy ahora con "El caso Altsasu", no se si entraría en este post.

También sigo con "Stalin, el Grande" de Anselmo Santos, que me está gustando pero vaya troncho.  
Aunque Boris Souvarine escribió lo esencial sobre Stalin en 1935, habría que destacar la reciente e impecable biografía de Oleg Khlevniuk (disponible en inglés, francés y alemán, pero no en castellano de momento).

Angel Viñas escribió una reseña sobre ese libro en 2015 : http://www.angelvinas.es/?p=523


Aviso a los navegantes: cuando yo estaba haciendo mis pinitos por los archivos moscovitas años atrás, Khlevniuk fue una de mis referencias. Sus interpretaciones de la relación entre Stalin y la guerra civil, que era el objeto de mi investigación, se vieron perfectamente documentadas en la EPRE que pude localizar. Para Khlevniuk el episodio no era ni es marginal. La experiencia española aceleró la paranoia de Stalin contra una eventual «quinta columna» y encontró su reflejo en la aceleración del terror de los años 1937 y 1938. El tratamiento que de este período no ya oscuro sino oscurísimo y desgarrador ofrece Khlevniuk es, en mi opinión, una de las aportaciones más brillantes, y desasogantes, del libro.
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Mensaje por Axlferrari el Mar 18 Jun 2019 - 17:04

Libros marxistas, anarquistas, comunistas, etc, a recomendar - Página 4 71UrdegN1LL
Maximilien Rubel, Marx sin mito


Marx sin mito es una selección de escritos de Maximilien Rubel en la que se recoge su aportación fundamental a una lectura de Marx hoy, liberada de la mistificación marxista. Así, gracias al ingente trabajo de Rubel podemos leer a Marx crítico del Estado, y crítico de un modo de producción y de vida aún hoy vigentes.

Libros marxistas, anarquistas, comunistas, etc, a recomendar - Página 4 51n7aHFUmUL._SX305_BO1,204,203,200_

Con la revolución rusa de 1917 y el triunfo del partido bolchevique, del marxismo de Estado elevado al rango de ideología estatal, la leyenda de un Marx "comunista de Estado" o "socialista autoritario" se ha convertido en un mito universal. Es la coartada moral de todos los regímenes de explotación económica que saben cómo denunciar, a través de la imagen aterradora del "socialismo real", la llamada "filosofía totalizadora" del autor del Capital. Este ensayo se entiende como una contribución a la empresa, más que nunca necesaria, para demoler este mito. Su objetivo es demostrar que Marx fue el primer teórico del anarquismo, entendido tanto como un movimiento de autoliberación de los esclavos modernos y como un proyecto para la construcción de una comunidad humana liberada del capital y del Estado.


Libros marxistas, anarquistas, comunistas, etc, a recomendar - Página 4 9782911199325

Louis Janover fue el colaborador y amigo de Maximilien Rubel. Hace unos años publicó un ensayo donde explicaba que el anticomunismo de los Partidos comunistas era el secreto mejor guardado del siglo XX :

https://www.sulliver.com/livre_louis-janover-la-tete-contre-le-mur_9782911199325.htm

"El Partido intercambia su uniforme estalinista por el de ciudadanista únicamente para seguir siendo él mismo: el eje del orden establecido. Salvador supremo de la burguesía en cada situación de emergencia, el PC es el enterrador del comunismo cuya historia pisoteó desde el principio. Ese anticomunismo de los PC's es la idea mejor guardada del siglo".
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Mensaje por Axlferrari el Vie 19 Jul 2019 - 7:50

En noviembre de 1945, Maximilien Rubel publica un artículo titulado « Signification historique de la barbarie stalinienne » ("Significado histórico de la barbarie estalinista"), donde expone que la URSS es un capitalismo de Estado.​

En 1951, publica « Karl Marx, autor maldito en la URSS » en el que denuncia la censura de textos de Marx por el régimen estalinista​. En 1957 escribe en « El crecimiento del capital en la URSS » que « el aparato económico de Rusia presenta el doble carácter de capitalismo puro y de esclavismo sin máscara ». Rubel considera que cada línea escrita por Marx es un desmentido a lo que los regímenes comunistas han realizado en su nombre.

Rubel desarrolló una interpretación iconoclasta de Marx : ya que Marx se opone al Estado, al trabajo asalariado — considerado como una forma moderna de esclavismo — sin por eso ceder a la pasión destructora de Bakunin, Marx se revela, según Rubel, como el más agudo teórico del anarquismo​, «entendido como movimiento de autoliberación de los esclavos modernos y como proyecto de construcción de la comunidad humana liberada del capital y del Estado ».

En relación a su compromiso anticapitalista, Rubel apoyaba al movimiento feminista y al movimiento ecologista (particularmente antinuclear en su libro Guerre et paix nucléaires).

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Mensaje por Axlferrari el Jue 15 Ago 2019 - 8:22

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Rafael F. Muñoz, ¡Vámonos con Pancho Villa! (2019)

Considerado por la crítica literaria como uno de los grandes escritores de la Revolución mexicana, Rafael F. Muñoz nos ofrece en esta novela una de las visiones más profundas de esa especie singular de luchador revolucionario que fue el soldado villista. Para ello se vale de la fascinante historia de “Los leones de San Pablo”, un grupo de hombres que se aventuran en las filas de Pancho Villa para combatir en la poderosa División del Norte.

La toma de Torreón, el asalto a Columbus (EEUU), la expedición punitiva norteamericana, el refugio del líder, herido, en la cueva de una montaña… ¡Vámonos con Pancho Villa! nos acerca a los acontecimientos históricos para revelarnos su sentido más asombroso, su perfil más doloroso, más descarnado, más deslumbrante. Con sabiduría serena y sin énfasis retórico, Rafael F. Muñoz funde las mayores epopeyas del ejército villista con uno de los testimonios más trágicos y desgarradores de fidelidad revolucionaria, la de Tiburcio Maya.

Los años que han transcurrido desde su publicación permiten disfrutar con más intensidad de la fuerza y la osadía de esta crónica épica e íntima de la Revolución mexicana.

Txalaparta Argiletxea, Colección Gebara. Tafalla 2019
254 págs. Rústica 21,5x13,5 cm
ISBN 9788417065591


Viva Villa, buena película que refleja bien las similitudes con la epopeya majnovista :

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Mensaje por Axlferrari el Miér 21 Ago 2019 - 10:20

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Jean-Patrick Manchette, Journal, 1966-1974

7 de enero de 1968 :

Sartre está enredado en una relación pedagógica con un marxismo que ha recibido a través del leninismo. Cuando las contradicciones del leninismo se volvieron demasiado flagrantes (el estalinismo), Sartre descolgó. Desde entonces, se ha vuelto a enganchar.
Mientras tanto, se ha convertido en existencialista, al no ser marxiano y no atreverse a criticar en tanto que MARXISTA al orden leninista y estalinista. Los bolcheviques siempre le han parecido INVESTIDOS de la misión marxista. No se ha preocupado más que por sus excesos; exactamente como los que se inquietan sólo ante los "excesos" de Stalin y no se atreven a criticar a su Estado, Sartre se inmutaba ante los errores del bolchevismo sin atreverse a criticar el error bolchevique.

Su adhesión "crítica" al bolchevismo le ha asegurado su cómoda situación de intelectual de izquierda, situación que ama y remueve al mismo tiempo que Beauvoir repasa sus aventuras. Esta pareja burlesca es una encarnación casi demasiado caricatural de la pequeña burguesía "de izquierda". Estando en "CONTRA" del orden establecido en nombre de otro orden que no libera nada, pueden contentarse con estar "CONTRA" por así decirlo en el cielo --> peticiones, entrevistas, obras de teatro, novelas, etc., y libros ideológicos donde la filosofía pinta su gris sobre gris.

Francamente, ¿cuál es la contribución de Sartre a la crítica del conjunto? Cero.

Obsérvese que Sartre considera implícitamente a Garaudy y a otros a los que no nombra, como marxistas, cuando no son más que los ideólogos del capitalismo burocrático de Estado. (Es un error vulgar pensar que el capital es dinero. Lo que define el capital es que es trabajo acumulado, propiedad de una clase, y algunas cosas más; no es que sea dinero.)

Sartre ha llegado a desarrollar indefinidamente un diálogo aislado de la verdad porque cree que dialoga con el marxismo cuando dialoga con imbéciles estalinistas. Descubre de una manera retorcida las pequeñas verdades del marxismo y cree que es original. Sólo es original en comparación con Stalin, pero ante Marx, es pequeño - un pequeño maestro que repite tartamudeando, y toma a su interlocutor por lo que no es.

Sartre es aburrido y está equivocado. Pero además, al continuar ese diálogo irrelevante, legitima la ideología burocrática, ya que la convierte en interlocutora; afirma que es marxista y errónea. Hace de una piedra dos golpes, reproduciendo el gran mito contemporáneo: los burócratas son los marxistas y estos marxistas cometen muchos errores.

Sartre es un centrista que busca el centro de dos mentiras. Su pensamiento está totalmente confundido.


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Mensaje por Axlferrari el Dom 10 Nov 2019 - 11:38

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Oskar Anweiler, Los soviets en Rusia (1905-1921)

Un clásico que he descubierto a través de su reciente reedición en Francia por la editorial Agone, especializada en crítica social (han publicado libros de Howard Zinn).

Extracto del último capítulo :

Los consejos de obreros y soldados de 1917 sirvieron a los bolcheviques de trampolín para la conquista del poder. Eliminaron a la mayoría no bolchevista de los soviets prohibiendo a los demás partidos socialistas. A partir del verano de 1919, el Partido bolchevique pudo gobernar el país solo, sin los soviets. Pero Lenin no renunció en absoluto a los soviets, aunque éstos fueran incompatibles desde el principio con la doctrina bolchevique. Los propagandistas del partido habían vinculado demasiado estrechamente la existencia de los consejos al bolchevismo (mediante la consigna "¡Todo el poder a los soviets!") al mismo tiempo que los nuevos amos tenían gran necesidad de dar a su hegemonía un sello democrático.

Pero el triunfo del bolchevismo tuvo también el efecto de transformar fundamentalmente la esencia de los soviets: de órganos de autogobierno proletario y vectores de una democracia radical que eran al principio, se convirtieron en órganos que permitían a la élite del partido único dirigir a las masas.

Spoiler:

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Mensaje por Axlferrari el Dom 10 Nov 2019 - 11:38

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Aquí está el folleto Los Marxismos : ideologías y revolución, obra del situacionista Mustapha Khayati. El texto explica de forma clara y concisa los diversos marxismos, desde los orígenes hasta 1970, y de qué forma el pensamiento liberador y revolucionario de Marx se convierte, al ser recuperado por los partidos reformistas y más tarde el leninismo, en ideología opresora, en ideología fría.

Spoiler:

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Traducción : http://www.alasbarricadas.org/forums/viewtopic.php?f=8&t=61168
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